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La del pasado sábado fue una demostración -otra más- del primitivismo y la elementalidad de quienes acuden a ese evento con el único afán de dar rienda suelta a sus bajos instintos. Nadie puede explicarse el porqué de la indolencia de las autoridades municipales que, por lo visto, sólo se decidirán a actuar cuando una tragedia de dimensiones inimaginables les obligue a hacerlo. Una tragedia, digo, como la que de milagro no causaron los cuatro toros que rompieron las improvisadas talanqueras que confinan los espacios callejeros donde se celebra esa brutal orgía de violencia que es la huamantlada en su versión actual. Los astados escapados deambularon sin control por distintos rumbos de la ciudad -un parque, un conjunto habitacional, e incluso frente a la catedral- sin que por fortuna embistieran a personas -niños, adultos o ancianos- que en su carrera habrían podido encontrar. Una suerte, repito, pero así es como viven los huamantlecos, a expensas de que la Providencia -y no Protección Civil- les haga un quite milagroso.
