• José Vicente Sáiz Tejero
Tiempos de Democracia

 

  • Sólo el tiempo dirá si fue o no certero parangonar al actual presidente mexicano con el fallecido político español
  • Lo innegable es que los dos, Suárez y Peña Nieto, impulsaron cambios que ni los más optimistas esperaban
  • Después de Suárez, España inició su marcha hacia el progreso; México, con Peña Nieto, podría estar en el mismo camino

En recuerdo de Rafael González Pérez, ganadero y amigo

Siempre he pensado que la buena política fundamentalmente se basa en conciliar intereses, buscar acuerdos y respetar a los opuestos; nunca en dar gritos, imponer puntos de vista ni dar manotazos sobre la mesa. Y esa fue, buena política, la que hizo justamente Adolfo Suárez. A eso se debe que tirios y troyanos le reconocieran como el artífice de la transición a la democracia española, y por eso -a su muerte- fue despedido con honores, no sólo del gobierno y la corona, sino -y esto es lo que cuenta- por la inmensa mayoría del pueblo de España.

Suposición riesgosa

   No lo aburriré, amigo lector, abordando in extenso un tema que probablemente a usted le resulte demasiado lejano. Le daré sólo unos datos que le permitan hacerse una idea de la ejecutoria del referido político. Y lo hago -es ese el propósito de este artículo- con el fin de probar el paralelismo que creo haber hallado entre el quehacer de aquel mandatario español y el actual presidente mexicano, pese al abismo generacional que los separa: Suárez acabó su encomienda hace años… y Peña empieza y tiene por delante muchas tareas por cumplir.

Similitudes llamativas

Admito que la hipótesis suena a conjetura sin mayor sustento. Empero, de entrada se advierten semejanzas entre Suárez y Peña. Ambos accedieron jóvenes -con 44 años el primero y con 45 el segundo- a la máxima responsabilidad política de sus respectivos países; a los dos se les atribuía inmadurez e inexperiencia y, pese al carisma de ambos, generaban recelo entre sus afines y desconfianza en las oposiciones. Se creía, además, que serían dóciles marionetas en manos de los lobos de las nomenklaturas que los llevaron a la presidencia.

Reformar desde adentro

  De ser cierta la teoría, se comprobará que reformar -a fondo y pacíficamente- un vetusto sistema político es función que está más al alcance de los que fueron sus dirigentes que al de sus opositores. Y es que son aquellos los que mejor conocen sus estructuras y los que saben qué puntales ir removiendo sin provocar un colapso indeseable. Lo paradójico es que los transformadores del régimen acaban repudiados por quienes los auparon al poder para proteger sus canonjías. Tal fue el caso de Suárez... y podría también ser el de Peña Nieto.

Pasados poco prometedores

   Repasemos algunos datos. Suárez era un franquista, dirigía la falange y fue el último presidente del post-franquismo por designio del rey Juan Carlos, quien a su vez había accedido a la corona -pasando sobre los derechos de su padre- por obra y gracia del dictador fallecido. Peña Nieto era un gobernador impuesto por su tio Arturo Montiel, un político del influyente grupo Atlacomulco, vinculado a los más poderosos enclaves financieros del país, y a personas tan afamadas como Carlos Salinas de Gortari, y los herederos de Carlos Hank González.

Temores de regresión

 Nada bueno se esperaba de ellos, ni de Suárez en España ni de Peña Nieto en México. En los dos casos se auguraba una regresión, allá, con el afianzamiento de un franquismo sin Franco, y aquí, con la vuelta de un PRI dispuesto a echar a andar su vieja maquinaria de control político. Los dos llegaban al mando fuertemente apergollados por los intereses que les habían abierto el camino al mando político de la nación. Eran apuestas cantadas que garantizaban la supervivencia de los privilegios que a sus fieles otorgaban los antiguos regímenes.

Desmantelamiento del régimen franquista

 Sin embargo -cada uno a su tiempo y sorprendiendo a todos-  tanto Suarez como Peña Nieto empezaron a tomar medidas que nadie esperaba. El español legalizó al proscrito partido comunista, dialogó con los socialistas y logró la aprobación en Cortes, primero, de una Ley para la Reforma Política que movió el piso a los franquistas, y luego -ya siendo presidente electo por el voto popular- una constitución, refrendada por via del referendum por el pueblo español. Tras cuarenta años de dictadura,  las bases de la democracia estaban echadas.

Trastocamiento de los principios priístas

  Peña Nieto, por su parte, y pese a haber ganado la elección presidencial con amplitud, dedicó el largo interregno que hay entre los comicios y la toma de posesión a negociar con los líderes de los dos principales partidos de oposición. En lugar de ignorarlos -al estilo de Carlos Salinas- y aumentar la tensión política existente, la estrategia de Peña -dialogante y discreta-, creó un clima de entendimiento inédito en la política contemporánea mexicana. Los opimos frutos de ese notable cambio de actitud se conocerían el primer día de su gobierno.

El Pacto de la Moncloa

  El ex falangista Suárez -convencido de que España no podía seguir aislada del mundo- procedio a desmontar las referidas estructuras de control político y económico del viejo régimen dictatorial. Sus acciones, instrumentadas a contracorriente del franquismo recalcitrante, convencieron a las oposiciones y, en acuerdo con ellas, depuso las barreras que impedían la incorporación de la antigua España a la modernidad europea. El Pacto de la Moncloa fue, amigo lector, una lección ejemplar de concertación política para todo el mundo democrático.

El Pacto por México

  Peña tenía bien asimilada una realidad: México no podía seguir empantanado en disputas parlamentarias bizantinas que llevaban más de tres lustros sin hallar solución. Guiado por su instinto, abrió a la negociación posturas sacralizadas por el priísmo de otros tiempos. La flexibilidad del presidente permitió que, en acuerdo con las oposiciones, se redactara un listado de asuntos cuya formalización precisaba reformar en diversos rubros la constitución. El trámite legislativo que se creía irrealizable se concretó en tan sólo ¡120 días!

La reconquista de la política

  Las reformas constitucionales que derivaron del dicho Pacto devolvieron al estado mexicano facultades y atribuciones que habían sido lastimosamente entregadas -durante los sexenios en los que imperó el mayor frenesí del liberalismo económico- a unos poderes fácticos que, envalentonados, disponían a su antojo de los recursos del país, monopolizaban concesiones, burlaban la justicia y dictaban el guión a los políticos. Falta, es verdad, la aprobación de varias leyes que harán operables las reformas pero, lo esencial, está ya escrito en la Carta Magna.   

Reconocimiento cicatero

  Llama la atención que la comentocracia mexicana reconozca los méritos Adolfo Suárez… y se los niegue a Enrique Peña Nieto. En vida le pasó lo mismo al político español que lo que hoy le ocurre al mexicano: temas económicos, inseguridad y violencia terrorista forzaron la renuncia de Suárez… y tienen bajo asedio al gobierno de Peña. Pero ello no obsta para que valoremos la pericia política mostrada por ambos para desatar los nudos que impedían la aceptación plena de las reglas de la democracia en la búsqueda de los necesarios consensos.

Política y democracia

  El tiempo -casi cuarenta años- permitió justipreciar la hazaña del político español. Su patria conoció una época de bienestar extraordinario gracias en buena medida al trabajo conjunto de un franquista -Adolfo Suárez-, un socialista -Felipe González- y un comunista -Marcelino Camacho-. México necesita a su vez de tiempo para saber si los consensos logrados entre un priísta -Enrique Peña Nieto-, un perredista -Jesús Zambrano- y un panista -Gustavo Madero- alcanzarán el objetivo de traer para México el desarrollo compartido al que todos aspiramos.

La ceguera ideológica

  La siguiente reflexión es de Muñoz Ledo: ”…el futuro halla vías firmes de solución cuando se logra aglutinar los diversos esfuerzos por transformar un país dividido en otro que otorgue posibilidades de triunfo a los bandos en contienda…”. Al trazar el elogio póstumo de la obra política de Suárez, de la Constitución Española y del Pacto de la Moncloa, reconocía implícitamente a Peña, a sus reformas constitucionales y al Pacto por México. El corset de las ideologías asumidas inhibe hasta una inteligencia de excepción como es la de Porfirio.

ANTENA NACIONAL

México recuerda a Octavio Paz

   Se cumple un siglo de su nacimiento. Es ocioso hacer aquí una reseña de sus valores intelectuales y de su inagotable espíritu crítico. Sólo quiero recordarle a usted, amigo lector, que El Laberinto de la Soledad es obra imprescindible para entender la idiosincrasia del mexicano. Y para acercarse a la comprensión del estado creado por la revolución, nada como El Ogro Filantrópico. Y si gusta de versos refinados y cultos, Piedra de Sol que, junto con Muerte sin Fin de Gorostiza, son las más altas cumbres de la poética mexicana del siglo XX.

ANTENA ESTATAL

Los movimientos en Salud

  Las complejidades y obscuros vericuetos del sector salud resultaron un crucigrama sin solución para el doctor Jesús Fragoso, excelente médico y mejor persona. Enfrenta ahora el reto de poner orden en esa secretaría el doctor Alejandro Guarneros, otro médico con una hoja de servicios de primera línea, hombre honesto y todo un caballero. A Jesús le deseo un pronto regreso al ejercicio de su noble profesión, y a Alejandro, que lidie con acierto a ese Miura resabiado que le tocó en el sorteo… y al que tiene que cortarle las orejas.

LA FRASE

   Es del historiador canadiense Michael Ignatieff:

“…el papel de Octavio Paz fue interpretar a México frente al resto del mundo…”

   Mexicano y universal: perfecta síntesis de su grandeza.