La historieta, cómic, monitos, cuentos o muñequitos, como también se les llama, tienen una gran importancia, estimándose que su edad dorada se ubica históricamente entre la década de los años 40 y 50.
Era pura diversión sana y cada fin de semana era correr al puesto de periódicos, para que con el domingo que nos daban los padres, se invirtiera, para seguir las aventuras de los personajes, porque algunas eran seriadas.
Era muy emocionante ver como avanzaban las historias, los escritores de la época nos tenían cautivos con el desarrollo de su creatividad, las alternativa de diversión eran limitadas.
Además, de que fomentaban la lectura y la imaginación.
Una sola de esas revistas podía alcanzar una tirada diaria de 350 mil ejemplares, con dos ediciones dominicales y un mismo ejemplar, era leído de media por cinco individuos.
De esta forma los también llamados cuentos, permitieron que por primera vez entre cinco y diez millones de mexicanos compartiesen en sincronía los mismos deleites culturales.
La primera historieta publicada en la prensa mexicana fue "Rosa y Federico. Novela Ilustrada Contemporánea" de José Tomás de Cuéllar y José María Villasana, que vio la luz en el periódico de breve vida
La primera serie periódica de monos fue distribuida a partir de 1880, por la cigarrería "El Buen Tono" que inserta en cada cajetilla la "Historia de Una Mujer".
Era morbo puro, en letras y dibujos, para echar a volar la imaginación, con esos momentos de mujeres de faldas muy largas, blusas hasta el cuello pero que con la lectura, se podía acceder al cielo.
Desde principios de siglo, se hace notar la influencia de la historieta moderna estadounidense, con “Las aventuras de Adonis en 1908”, de Rafael Lillo y Macaco y Chamuco, “Aventuras de dos Insoportables Gemelos”, de M. Torres.
A causa de la Revolución Mexicana, prolifera al mismo tiempo una historieta politizada y belicosa, generalmente conservadora, en la prensa, destacándose series como "Sisebuto", 1909-10, de Pérez y Soto.
En 1922, Juan Bautista Urrutia crea a "Ranilla", un rechoncho fumador que pronto protagoniza sus propios cuadernillos, convirtiese en el primer personaje auténticamente popular de la historieta mexicana.
Con la renovación tecnológica de la prensa y la introducción de la rotativa que impulsa el periodismo industrial, los diarios habían empezado a comprar los derechos de tiras extranjeras.
En la segunda década del siglo, ya hay varios suplementos dominicales con sección de monitos, basadas en series estadounidenses que empiezan a presentar el abanico de personajes típicos mexicanos.
Son “Don Catarino y su Apreciable Familia” y “Chón y Smith”, ambas creadas en 1921 por el guionista Carlos Fernández
“Benedicto”, para El Heraldo de México, a las que seguirán “Mamerto y sus Conocencias”, en 1925.
“El señor Pestaña”, de 1927; “Adelaido el Conquistador”, 1928 y “Segundo I, Rey de Moscabia”, 1934; en El Universal periódico éste que las había encontrado gracias a un concurso, convocado ex profeso.
Otra serie destacada es “Chicharrín y el Sargento Pistolas”, publicada desde 1936 en el diario Excélsior.
La primera historieta "seria", es decir de grafismo realista, no aparece hasta 1936: es “Águila Blanca”, de Alfonso Tirado.
Determinadas características apartaban a los "pepines", pues así se conocía coloquialmente a todas estas revistas, de los estándares del cómic internacional
Su formato extremoso: 28 por 43 centímetros, los grandes, y 12 por 15, los chicos; sus impresiones en una sola tinta, con frecuencia sepia o verdes; su proclividad al medio tono y al collage.
Hace poco las historietas, también llamadas cuentos, han dejado de tener la gran presencia que hace algunos años ostentaban, en los puestos de revistas.
Uno tiene la tendencia a pensar que los monitos eran cosa de niños, pero este tipo de publicaciones cubría un amplio rango de edades.
Había lo mismo para niños, que para adultos.
Desde historias absolutamente hechas con el simple ánimo de divertir, hasta las que tenían una intención claramente didáctica, pasando por las dedicadas al asunto del amor, en el más puro estilo melodramático.
Este tipo de historietas caricaturizaba una historia al presentarla por medio de una síntesis en los rasgos del dibujo, del carácter o tipo de personaje y presentaba casi siempre un poco de ironía y crítica social.
Señalaban lo que estaba bien o mal, dependiendo del punto de vista de los creadores o editores.
Los valores enarbolados eran los de la moral común o más extendida, la mirada reprobatoria se dirigía a lo que se salían de esa norma.
Sucedía así en algo tan sencillo como una tira de “La Pequeña Lulú”, o tan complejo, en términos de extensión y elaboración, como toda una saga de “Kalimán”.
Esas funciones, que hoy las cumple la televisión e Internet, que, por cierto, se han nutrido hasta el cansancio de muchísimos melodramas, que primero fueron de papel.
Entre todas esas historietas hay algunas que han cumplido la función de fijar tipos de personajes, que de otro modo las habríamos olvidado.
Destaca “La familia Burrón”, de Gabriel Vargas Doulché.
En sus dibujos quedó retratada la Ciudad de México de mediados del siglo pasado, y varias décadas después, sus costumbres y gentes.
Están ahí el barrio, la vecindad, la vivienda popular y sus habitantes.
Están los oficios, los respetables y los no tanto.
Están también las diferencias sociales, por ejemplo entre la tía Cristeta y don Regino Burrón.
Aquella acaudalada y llena de dinero y carnes, éste con tan sólo su oficio para sobrevivir.
La maestría de Gabriel Vargas logró caricaturizar, en unas cuantas líneas, algunas imágenes que son la realidad experimentada en su momento.
Por ejemplo hay dos cuadros: la imagen de un autobús chilango lleno de tanta gente que se reduce a ojos y narices; el otro es el eterno perro callejero.
No hubo cuento, sin un perro que, así como si nada, cruzaba una calle o se aparecía simplemente porque las ciudades estaban llenas de esos animales sin dueño.
De entre las historietas serias, se recuerda a Los Agachados y pese a que su intención nunca fue solemne, sí trataba temas a profundidad.
Eso sí, siempre muy al estilo irónico de Rius.
Quien se ha dedicado a mostrar las capacidades de los monos, para hacernos comprender hasta lo más complejo, desde la corrupción hasta las ideas alrededor de la iglesia católica y el sexo.
Rius, es probablemente quien más ha mostrado que hacer monitos, historietas o cuentos es un asunto serio e importante.
El hecho de que en época de elecciones PRD y PAN hayan recurrido a este medio para instar a los ciudadanos a votar por sus candidatos, muestra que se trata de una forma con una efectividad nada despreciable.
Hay algo en las caricaturas, quizás la síntesis a la que obliga- que le otorga una cualidad didáctica.
O tal vez se trata de que remiten a la infancia y generan empatía, casi de inmediato.
El caso es que no ha perdido su potencial, aunque las de carácter popular están al borde de la extinción o se han refugiado en un estilo de erotismo cuasi pornográfico, para llamar la atención de los compradores.
Las de calidad se han transformado, son ahora mismo publicaciones dirigidas a grupos pequeños, con historias complejas y personajes un tanto rebuscados.
No es para menos, la competencia por el interés de los lectores es cada vez mayor.
Hay muchísimas opciones y otras formas de generar imágenes, cada vez más sorprendentes.
Hoy en día, algo equivalente a “La Familia Burrón”, podría competir en el mercado de publicaciones.
Todo esto, porque le debemos una serie de estudios muy serios a las historietas mexicanas, que han contribuido a que nos no olvidemos de cómo hemos sido.
Tal vez hace falta es hacer una tipología actual equivalente a la que creó Gabriel Vargas, para reconocernos con la síntesis de unos trazos y un nombre.
No sé si la historieta en la Web, sea lo que podría popularizar de nuevo al género o quizás no haga falta sino un producto que nos diga algo, que nos atraiga de a deveras…RECORDAR ES VOLVER A VIVIR.
