La procesión ya pasó. Las calles volvieron a la normalidad, los Cristos descendieron de las cruces de madera y los fieles regresaron a su vida cotidiana. Pero hay algo inquietante en lo que queda después de la Semana Santa: el silencio. Ese momento incómodo donde la fe deja de ser espectáculo y se convierte en conciencia.
En ese mismo silencio debería habitar la política.
Porque si algo enseña la Semana Santa no es el ritual, sino la contradicción humana: la multitud que aclama un domingo y condena el viernes. Esa dualidad no es ajena a la política mexicana, y menos aún a los procesos internos de Morena rumbo a la gubernatura de Tlaxcala en 2027, donde tres figuras, Ana Lilia Rivera, Alfonso Sánchez García y Óscar Flores Jiménez, comienzan a recorrer su propio viacrucis político.
En política, como en la religión, no basta con existir: hay que significar. Y ahí es donde la comunicación política se vuelve liturgia.
Ana Lilia Rivera parte con una ventaja clara en el posicionamiento. No solo por su trayectoria como senadora y expresidenta del Senado , sino porque su narrativa está anclada en una identidad: la de fundadora del movimiento y representante de una causa histórica. Las encuestas la colocan con niveles de preferencia superiores dentro de Morena (más del 25% en algunos ejercicios), muy por encima de sus competidores .
Sin embargo, su comunicación enfrenta un dilema: el paso del liderazgo institucional al liderazgo emocional. La política moderna exige cercanía, no solo trayectoria. Como diría Pierre Bourdieu (1991), el capital simbólico no solo se posee, se legitima constantemente.
Por su parte, Alfonso Sánchez García representa otra narrativa: la del gestor, el operador, el político de territorio. En mediciones recientes aparece competitivo en escenarios masculinos, incluso encabezando preferencias con más del 20% .
Su comunicación política se basa en la eficiencia y la cercanía local, pero enfrenta el riesgo de lo que Max Weber denominaría la falta de “carisma político”. La administración no enamora por sí sola. En tiempos donde la política es espectáculo, quien no emociona queda relegado.
Aquí es donde su narrativa necesita evolucionar: del funcionario al líder. De la gestión a la visión.
Y entonces aparece Óscar Flores Jiménez, el perfil emergente, el outsider relativo dentro del contexto local. Su crecimiento ha sido acelerado más de 11 puntos en pocos meses, colocándose como una figura competitiva dentro del partido .
Su comunicación política tiene una ventaja clave: no carga con el desgaste local. Pero también un riesgo: la falta de arraigo. En términos de storytelling, es el personaje que aún no termina de construirse ante la audiencia.
Como señala George Lakoff (2004), quien define el marco narrativo, gana la batalla política. Flores aún está en ese proceso: definir si será el técnico eficiente o el renovador del sistema.
La Semana Santa no es solo una historia religiosa; es una metáfora del juicio público. Jesús no es condenado por falta de seguidores, sino por la volatilidad de ellos.
La política actual vive exactamente eso.
En Tlaxcala, más del 60% de los ciudadanos aún se declara indeciso en algunos escenarios. Esa cifra no es menor: es el verdadero protagonista de la elección. Es la multitud que aún no decide si aplaudir o condenar.
Y ahí es donde los tres aspirantes enfrentan su prueba más importante: no solo posicionarse, sino construir sentido.
Después de la Semana Santa queda una pregunta incómoda: ¿aprendimos algo o solo repetimos?
La política mexicana y particularmente la de Morena en Tlaxcala parece atrapada en esa misma lógica. Mucho símbolo, mucha narrativa, pero poca reflexión profunda.
Ser candidato no debería ser un acto de ambición, sino de responsabilidad histórica.
Porque gobernar no es ganar una encuesta.
Es cargar la cruz del poder sin olvidar para quién se hace.

