- Las funciones que lleva al cabo la Secretaría de Gobernación deben evaluarse y redimensionarse
- La fuga del célebre criminal exige explicaciones más congruentes que las ofrecidas por la Segob
- Del titular de una institución presidencial burlada y maltrecha se espera algo más que discursos
La inmundicia penitenciaria ya no puede ocultarse bajo la alfombra. Es imposible. Y la corrupción tampoco. No puede seguirse argumentando que el fenómeno es sólo una cuestión cultural vinculada a la desafección por la legalidad que innegablemente sufrimos los mexicanos. Cierto que por esa razón se explica buena parte de los hechos criminales sucedidos los últimos años; empero, no olvidemos que hay causas de carácter social que el gobierno pretende resolver con caridades que despiden un reconocible tufo electoral. Más sea por uno u otro motivo, adonde miremos ahí está la pudrición moral. En los tres poderes y en los tres niveles de gobierno. Y no hay espacio libre de culpas, ni público ni privado. Ni uno.
Desaliento y frustración
La mejor fórmula conocida para enfrentar la corrupción es predicar con el ejemplo. Mas… ¿quién del grupo que gobierna puede presumir una trayectoria sin manchas?, ¿quién tiene un expediente personal que sea modelo de honestidad y transparencia? Sin ir más lejos, ¿cuántos atendieron la demanda de presentar sus declaraciones patrimoniales, de pago de impuestos y de conflictos de interés? No le demos más vueltas al tema: la frustración ha llegado a tal punto que, si no se hace un barrido que limpie de incompetentes y sinvergüenzas la pirámide del poder, la gente no tardará en pedir “que se vayan todos”.
Capacidad cuestionada
Pero dejémonos de divagaciones y vayamos al caso de la fuga del sujeto al que universalmente se tiene por el más peligroso de cuantos jamás produjo el hampa en México. Su cinematográfica evasión de un penal de alta seguridad exhibió el grado de pavorosa incompetencia e irresponsabilidad de quienes tienen en sus manos las cuestiones de seguridad del estado mexicano. Otros comentaristas y formadores de opinión han manejado ya la inquietante idea de que, quien no puede controlar lo que sucede en sus cárceles, difícilmente podrá resolver la problemática que supone la conducción del país.
Hora de actuar
La evasión del Chapo Guzmán no es un escándalo más. Sumado a los anteriores, vino a ser la gota que derramó el vaso de la paciencia social. Las circunstancias que rodearon la fuga del célebre criminal, con el presidente y la mitad de su gabinete en el aire con destino a Francia, sirvieron de caja de resonancia mundial al suceso. Lo acontecido rebasó los límites de lo comprensible, dejó en ridículo al gobierno, y puso a México a la altura de cualquier subdesarrollado país bananero. Es la hora de actuar; si Peña Nieto no toma medidas proporcionales al tamaño de la crisis política que sacude su gobierno, la segunda parte del sexenio tiene un pésimo pronóstico.
Orden desatendida
Para mayor oprobio, en diversos medios se difundió la entrevista que León Krauze -ese estupendo periodista que se echa en falta en México- le hizo a Peña Nieto en febrero de 2014. Sabedor que el 70% de los mexicanos creían que el “Chapo” Guzmán volvería a escaparse, el presidente sentenció categórico: “…sería más que lamentable, imperdonable, una nueva fuga…”. Y para enfatizar su dicho precisó: “…todos los días pregunto al titular de Gobernación: ¿lo tienes bien vigilado?, ¿estás seguro? Porque es responsabilidad del Estado mexicano que la fuga ocurrida hace años nunca más se repita…”.
Despido justificado
¿Qué razones deben asistir a un empleador cualquiera para prescindir de los servicios de un colaborador al que se encarga una tarea de importancia vital para los fines de la empresa, y el saldo es un fracaso sin atenuantes? Si se fue preciso y hasta repetitivo al dar la instrucción, ¿se debe despedir al responsable del revés? Repase lo declarado a Krauze por el presidente, y dígame, amable lector: ¿cómo queda Peña Nieto si no toma las medidas conducentes a la brevedad?, ¿no estaría tácitamente aceptando como suyas culpas que son de su secretario?
Si hay un responsable
Alguna vez en este país habrá que reconocer que las cadenas de mando empiezan y acaban en el funcionario que es cabeza del sector. En el caso de los asuntos del interior -y por ende de los de seguridad- es el secretario de Gobernación. Miguel Osorio Chong es quien estudió, definió y se responsabilizó de los nombramientos del Comisionado Nacional de Seguridad, del titular del Órgano Administrativo Desconcentrado de Prevención y Readaptación Social, de la Coordinadora General de los Centros Federales de Reclusión, del Director Operativo y, finalmente, del Director del Penal del Altiplano, que es la cárcel de la que se fugó el Chapo Guzmán.
Algo de reclusorios… y de Carrillo Olea
Hasta el sexenio de Miguel de Lamadrid no existían en México penales de alta seguridad. Sentenciados y procesados de cualquier tipo convivían en las cárceles estatales. Fue el general Jorge Carrillo Olea -a la sazón Subsecretario de Gobernación- quien le propuso al Jefe del Ejecutivo Federal la construcción de cinco centros de reclusión para delincuentes de muy alta peligrosidad. El primero fue -1991- Almoloya de Juárez, cuyo nombre se cambió por el de Penal del Altiplano. Vale recordar que Carrillo Olea fue luego gobernador de Morelos, y que no concluyó su mandato al comprobársele vínculos con las bandas de secuestradores que asolaban la entidad.
En los linderos de lo increíble
Soy ingeniero civil, y como tal me asombra que se haya podido construir una ruta de escape como la usada por el Chapo. Con independencia de las complicidades con que hayan contado, es inexplicable cómo pudieron sortear los cimientos e instalaciones de una estructura realizada -se supone- con especificaciones estrictas. Y menos imagino cómo se excavó -de abajo hacia arriba- un pozo estrecho ¡de 10 M de profundidad!, a lo largo de los cuales tuvieron que hallar, aparte del tepetate que existe en la zona -cohesionado y estable por su propia naturaleza-, el relleno -suelto y lógicamente inestable- empleado para cubrir las excavaciones y llegar al nivel de desplante de la construcción. Quizá un ingeniero de minas lo aclare; a mi me faltan elementos para hacerlo.
Una hipótesis más
La presencia de un personaje tan obscuro como Carrillo Olea -con cuya asesoría se diseñó y levantó el penal-, añadida a la dificultad para cavar el túnel y la horadación vertical por la que descendió el hoy prófugo, componen un mosaico de elementos que, entre todos, mueven a la sospecha de que la vía de escape de la celda Nª 20 pudo haberse construido al mismo tiempo que el penal, y que el pasadizo se prolongó hasta librar su perímetro. Esa información podría después venderse a algún preso con dinero y valor suficiente como para completar la obra hasta su punto final. Mi hipótesis se apoya además en el espesor -fuera de toda especificación- del piso de la ducha de la celda. Es sólo una conjetura, pero quizá valdría la pena que se siga esa línea de investigación. Y si no lo hace la PGR, que por lo menos le sirva a algún novelista que busque un buen argumento detectivesco.
¿Reaccionará el presidente?
No se si el gobierno de Peña Nieto podrá reaprehender al Chapo Guzmán. Pero se consiga o no ese propósito, el presidente debe reconformar su equipo de trabajo, aunque ello suponga alterar el esquema de su sucesión. Le va en ello no sólo el porvenir de su encomienda, sino algo más inmediato: su presente. Debe probar que su gobierno si está decidido a transparentar la conducta de todos sus integrantes; que no le temblará el pulso para prescindir de los incompetentes; que sí puede organizar y resolver licitaciones nacionales e internacionales sin anomalías; que sí llamará a cuentas a amigos y hasta familiares que se desmanden, y que la seguridad tendrá en adelante un sitio prioritario en la agenda presidencial.
