- ¿De qué mal mayor nos libraría esa amalgama de partidos e ideologías que propone Serafín Ortiz?
- Una alianza amplia opositora sin causa ni líder moral que la guie, navegaría sin rumbo ni destino
- ¿Eso queremos para Tlaxcala? La retórica en el discurso no disimula el ansia de poder y desquite
Las oposiciones empiezan a hablar, aquí en Tlaxcala, de la imperiosa necesidad de construir alianzas como única vía para derrotar en las urnas al partido en el gobierno. Se entiende que así vean el inmediato futuro pues -sin tener que acudir a las engañosas encuestas- los recientes comicios les dieron cuenta exacta de la dimensión de sus muy raquíticas y dispersas fuerzas electorales. Y arribaron -¡eureka!- a la iluminada conclusión de que sólo sumando votos de todos los colores partidistas, podrían enfrentar al PRI y sus asociados en el 2016 con alguna posibilidad de éxito.
La frialdad de las cifras
La lógica aritmética está sin duda del lado de quienes así piensan. Los porcentajes obtenidos por cada partido el 7 de junio en Tlaxcala así lo demuestran. Vea usted, amigo lector: de una parte está la entente integrada por el PRI (28.18 %), el Verde (4.26%) y el Panal (6.90%), y de otra, todos los demás, a saber, el PAN (15.19%), el PRD (9.15%), el PT-PAC (9.71%), el MC (3.17%) y Morena (13.06%). Hagamos cuentas con esos números, a fin de saber qué se precisaría para que una hipotética alianza tuviera chance de vencer al PRI y sus ad láteres.
Ni todos juntos…
Si la orientación del voto no cambia demasiado -hacia arriba o hacia abajo- a causa del candidato o candidata que resulte elegido para representar a la alianza que encabezará el tricolor, si no cambia demasiado, repito, es probable que los sufragios a su favor rondarán el 40% de la votación, rango inalcanzable para ninguno de sus adversarios si finalmente compiten por separado. Se infiere pues que, de no acordarse ese acuerdo por el que claman, ninguno, actuando por sí, llegaría ni la mitad de ese porcentaje, y que, incluso todos juntos (sin Morena, cuyo líder ya se declaró alérgico a las alianzas) apenas si llegarían a equipararlo. Asiste pues la razón numérica a quienes pugnan por un pacto antigobiernista.
Quimera impracticable
Les asiste, sí, la razón, más sólo en la teoría. Bajando el proyecto a la realidad terrena se advierte el cúmulo de obstáculos con que tropezarán sus impulsores en cuanto den los primeros pasos para formalizarlo. Esa sumatoria de fuerzas es quimérica, y resulta sencillo demostrar las razones que la hacen inviable. Empecemos por la más elemental: para que un arreglo político-electoral de esa naturaleza prospere se requiere de un caldo de cultivo que lo propicie. Me explico: sin la existencia de una situación límite en lo social y en lo político, esto es, sin una motivación que la justifique, la respuesta electoral no alterará sustancialmente el esquema de reparto del poder que quedó nítidamente prefigurado el 7 de junio.
¿Con qué líder…, y con cuál causa?
La situación límite a que aludo dista de corresponderse con la realidad que se vive en Tlaxcala. Lo que si existe -sólo un ciego no lo vería- es una inconformidad entre una vieja y anacrónica clase política a la que no se incorporó al régimen, y un rencor reconcentrado -que linda ya en el odio- de un grupo de ex funcionarios del sexenio orticista que han sido objeto de un largo asedio judicial a lo largo de casi cinco años. A lo anterior habría que añadir las heridas que provocó el estilo cortante de tratar a la gente del mandatario González Zarur. Mas siendo todo ello cierto, esos resentidos, o no salieron a votar la pasada elección federal, o bien su número no es tan crecido como se pudo haber supuesto.
Antecedentes tlaxcaltecas
No faltará quien me recuerde que alianzas similares ya se dieron en Tlaxcala y que, además, se impusieron a quienes en su oportunidad abanderaban al partido del gobierno. Y es cierto, excepto por el hecho de que las circunstancias eran muy otras en los dos casos en que ocurrieron. En 1998, la rebelión fue, no contra un buen gobernador como Álvarez Lima, sino contra un sistema desgastado por el paso del tiempo, y por la incontenible ansia ciudadana de abrirle paso a opciones políticas que nunca antes habían accedido al poder. Lo del 2004 fue distinto: se trató de una repulsa generalizada al afán descabellado de un gobernador -Sánchez Anaya- que confundió al estado que gobernaba con su hacienda, y quiso heredarle el cargo a su esposa. Ninguna de esas circunstancias concurren en la Tlaxcala de hoy.
Antecedentes nacionales
Protagonistas de otros dos alzamientos electorales que hicieron historia en el país fueron Cuauhtémoc Cárdenas y Vicente Fox. Ambos fueron candidatos cuyo carisma y magnetismo personal movió a la gente hacia un objetivo compartido por millones de mexicanos: desplazar de la Presidencia de la República al partido que lo usufructuó antidemocráticamente por más de siete décadas. En ambos casos, había una causa y había un liderazgo. Y perdóneme usted, amable lector, pero no hallo ni el más remoto parecido entre esos dos episodios del acontecer nacional con la Tlaxcala de nuestros días.
Fantasía sin sustento
Hechas pues las pertinentes aclaraciones a los que ven analogías entre los casos descritos y el caso tlaxcalteca que habrá de dirimirse el 2016, y habiendo probado que la antipatía que se le profesa al mandatario saliente en algunos sectores de la sociedad no menoscabó la fuerza electoral de su partido, es entonces lícito suponer que la invitación a aliarse carece de los incentivos suficientes como para que los institutos políticos convocados sumen sus fuerzas en apoyo de una fantasía sin sustento.
El candidato, tema imposible de conciliar
Pero supongamos que, pese a lo dicho, hubiera disposición a escuchar a los que lanzaron la idea de la alianza. Incluso pensemos que ya se hubiera pergeñado un proyecto que incluyera las aspiraciones -disímbolas y hasta opuestas- de los reunidos en tono a una mesa de negociación. El punto es que irremisiblemente van a llegar -por más que se quiera aplazar su discusión- al tema realmente espinoso: la definición del nombre del abanderado o abanderada que iría -representando a todos- a la lid electoral. Cualquier ejercicio que se haga al respecto conduce a una rincón sin aparente salida.
Degradación de la política de valores
De entre los políticos conocidos, ¿se sabe de alguno más o menos equidistante de las demás fuerzas, y que se haya distinguido por su vocación dialogante, y no por su propensión a llevar agua a su molino? ¿seguirían los retazos de izquierda que quedan en el estado a Serafín Ortiz? ¿se alinearía el orticismo con una alternativa que no compartiera su sed de revancha? Esas preguntas -y muchas otras más- se pueden hacer, con respuestas todas ellas de complicadísima materialización, máxime en un medio en el que los acuerdos duran menos que un dulce a la puerta de un colegio. Concluyo: la política en Tlaxcala se ha reducido a una descarnada y vulgar lucha por el poder, un juego de venganzas en el que se trenzan líderes, partidos, grupos y hasta familias. Todos, sin excepción, en pos de hacerse del mando con el único afán de consumar sus ansias de poder y riqueza.
