- Aviso a tiempo, el episodio autoritario y violento protagonizado por el gobernador de Chiapas
- La detección oportuna de patologías neuróticas aliviará a la ciudadanía de futuros sinsabores
- Las conductas irascibles son la negación de la política racional e imposibilitan el buen gobierno
La penosa escena que tuvo como actor central a Manuel Velasco Coello, el gobernador de Chiapas, y como actor secundario al humilde receptor de la bofetada que circuló en las redes sociales la pasada semana, me invita a compartir con usted, amable lector, algunas reflexiones. Lo primero que llama la atención es la superficialidad con que mediáticamente se trató el incidente y, lo segundo, la forma como un amplio sector de la prensa -sobre todo la electrónica, pero también la escrita- alabó el desagravio público urdido por el mandatario chiapaneco para dejarse ver como un hombre sencillo y campechano que trata con llevada familiaridad a sus subordinados. Nada más falso; empero, la propaganda hizo el resto: el nuevo niño verde (en versión tropical) revirtió el efecto negativo del suceso y hasta salió del mismo con mayor aceptación popular.
Desequilibrios psíquicos
No coincido con esa simplista interpretación del hecho. Este señor -me refiero al gobernador de Chiapas- está investido de un poder que va a seguir ejerciendo, no obstante haber mostrado que es incapaz de controlar su irascibilidad. El enfado desbordado denota la existencia de un espíritu rabioso que los expertos vinculan a la mala educación, el resentimiento y la irritabilidad. El enojo que no conoce límites es el que dispara los arrebatos de furia. Vale entonces preguntar: ¿puede confiarse a un sujeto con esas características la conducción de un estado? De acuerdo con los estudiosos del tema, la ira es una pulsión recurrente relacionada con el temperamento particular de cada persona y se sabe, por diversas experiencias, que los ataques coléricos, en la mayoría de los casos derivan en agresiones verbales y físicas. Así las cosas, a Manuel Velasco Coello, en lugar de festejarle la gracia, tendría que exigírsele que se sometiera a un test psiquiátrico que midiera los alcances de su riesgoso comportamiento.
Perturbaciones de la conducta
Las explosiones contínuas de ira pueden ser síntomas de patologías mentales que, en gente con responsabilidades de gobierno, es indispensable detectar. Y es que, quien padece una enfermedad nerviosa -v. gr., cualquier tipo de neurosis- ve afectada su percepción, sobre sí mismo y sobre su entorno laboral, social y familiar. El neurótico se conduce en forma vanidosa, desconsiderada, despectiva, exigente e hiriente, y lastima a las personas que son sus inferiores jerárquicos, culpándolas de sus omisiones y errores. Así cree legitimar el castigo que inflige a quienes sin merecerlo tacha de torpes, reaccionando de manera irracional cuando su descontrol llega a la cota más alta. En el caso que por casualidad se conoció, Velasco Coello recurrió a la bofetada, pero no puede asegurarse que en otros de los que nada se sabe haya acudido a otra forma de agresión. El punto es que sus propios colaboradores ignoran qué camino seguir para establecer una relación de respeto y equilibrio con un iracundo con poder, pero sí que saben, porque la sufren, que “…la ira desmesurada engendra locura…”. (de Séneca, citando a Epicuro)
Herencias autoritarias
El liderazgo de un neurótico propende al despotismo, y esa proclividad se torna indisimulable cuando alguno de sus críticos objeta sus decisiones. Es entonces cuando aflora su visceralidad y arremete contra quien se atreve a confrontarlo. Tan habituado está a imponer su voluntad que no tolera se le contradiga, e interpreta la discrepancia como un atentado a su autoridad. No entiende que el poder no consiste en estar perpetuamente a la defensiva, sino en ser dueño de sí mismo. Y en el caso del engreido político que gobierna Chiapas se advierte que el modo con que trata a sus subordinados es idéntico al que sus antepasados finqueros usaban con los peones. Es obvio que Velasco Coello desconoce la sentencia de Confucio: “…quien domina su cólera, domina su peor enemigo…”.
Ira, obsesión y resentimiento
La conducta obcecada está emparentada con la ira. Quien se planta en una idea y se enroca en un proyecto, no admite intercambio de conceptos ni soporta diferencias de criterio. Si se le contradice, se enciende, gesticula y grita. Se enfada, amenaza, insulta y menosprecia cuanto puede a su objetor. No acepta que exista una visión distinta a la suya, o que pueda haber un plan alternativo. Atrapado en sus emociones, oscila entre el resentimiento y la ira. Es desconfiado y desconoce la magnanimidad. El triunfo, lejos de curarlo, lo empeora, y es una de las causas que desata su rudeza vengativa cuando alcanza el poder. “Es típico en estas personas, no sólo el ser desagradecidas sino que además poseen gran facilidad para transformar el favor recibido en combustible para acrecentar su resentimiento.” (Gregorio Marañón)
Caracteres violentos y represivos
Camilo José Cela -Nobel de Literatura- puso en boca de uno de sus personajes esta frase: "Entregarse a la ira ciega es señal de que se está cerca de la animalidad". Es cierto: las reacciones de los poseídos por esa pasión del alma propenden a negar la realidad, adaptan la verdad a su conveniencia, y observan un marcado desdén con los procedimientos que dicta la ley, a la que tienen tendencia a ignorar. Sus relaciones son superficiales, inestables y poco sinceras, y lo mismo vierte lágrimas en público que ofende con improperios fuera de proporción. El político que cede a sus impulsos coléricos es el mismo que prefiere intimidar antes que convencer. De Montaigne es la frase "…no hay pasión que quebrante tanto al buen juicio como la ira…". Bien se ve que el nieto del eminente médico don Manuel Velasco Suárez nunca oyó hablar del humanista y pensador francés.
ANTENA ESTATAL
Advertencia desatendida
De fuente confiable se sabe que el ciudadano gobernador de Tlaxcala fue oportunamente advertido de la conveniencia de separar del cargo a su Secretario de Seguridad Pública. Se le hizo la reflexión hace dos años, a raíz de los actos violentos que protagonizó May Zaragoza al someter por la fuerza a los diputados que mantenían cerrado el acceso al recinto congresional. El actual escándalo de los policías estatales acreditables bajo su mando -se dedicaban al secuestro express- pudo evitarse de haber atendido las razones que en aquella ocasión le fueron expuestas. Y lo que de plano sí fue una total inconsecuencia con sus gobernados es que, en tanto titular del Ejecutivo Estatal, guardara un mutismo hermético, como si el asunto fuera trivial y no tuviera que ver con sus responsabilidades de gobierno.
Para la Primera página:
Esquilo, el trágico griego, escribió que ”…la ira lleva a los mortales a incurrir en los peores males…”. Y Dante, en la Divina Comedia, ubicó a los iracundos en uno de los Círculos del Infierno. La Iglesia, por su parte, tiene a la ira como uno de los pecados capitales.
