• José Vicente Sáiz Tejero
Tiempos de Democracia

 

  • En vísperas de elecciones, el grupo en el poder afronta una profunda crisis de valores éticos
  • La corrupción debe ser atacada de frente y con una drasticidad sin precedentes en la historia
  • Lo peor para el país es perder la confianza en el político que tiene la encomienda de conducirlo

   Los días de asueto navideño y de fin de año que ayer domingo llegaron a su término debieron darnos paz al espíritu, reposo al cuerpo y orden al pensamiento, además, claro, del divertimento resarcidor al que toda familia trabajadora tiene natural derecho. Empero, en tiempos de tanto desasosiego y convulsión como estos por los que atraviesa México no es fácil recomponer el ánimo, entender con claridad el confuso presente y aún menos vislumbrar con precisión el difuso porvenir. Así es este incandescente país, capaz de pasar en pocos días de la luminosidad más promisoria a la desesperanza más sombría. Tamaña bipolaridad sólo puede explicarse en los términos a los que el desvarío literario de Kafka acudió para narrar la historia del sujeto que por la noche se acostó hombre y al otro día despertó… ¡escarabajo!    

Indignación, pena y decepción

   En el último trimestre del 2013 -octubre, noviembre y diciembre- no leí ningún artículo ni hablé con persona alguna que en sus conceptos no destilaran indignación, pena y decepción. Con unanimidad significativa, líderes de opinión y ciudadanos de a pie coincidían en señalar -ante la abrumadora crudeza de los acontecimientos que tienen azorado a México y al mundo- la imposibilidad de llevar a la modernidad a una nación que no ha sabido resolver su problemática social -desigualdad, pobreza, retraso educativo, desempleo, etc.- ni vive en armonía en razón de la maleabilidad de un estado de derecho y de un sistema de justicia, instrumentos encubridores que son de impunidades del poder político y el económico.

Recomposición de prioridades

Hasta antes de que se conocieran los casos de Tlatlaya, Ayotzinapa, la Casa Blanca de la familia presidencial y la residencia de descanso en el Club de Golf de Malinalco del secretario de Hacienda, quien esto escribe se había apuntado a la lista de los deslumbrados por el espejismo del “Mexican Moment”, y de los que creían factible alterar el orden de los factores sin que el producto final de la ecuación social se alterara. Creí -lo confieso- que se podía empezar por generar riqueza para luego, sobre esa base, erigir un pais seguro, libre y justo. Los hechos nos hicieron comprender que esa tesis, válida en la matemática, no es aplicable a la realidad social de ese México abandonado y enigmático que el radar de las leyes del libre mercado no está capacitado para captar.

Dos salidas

  No hay duda que estamos ante un fenómeno grave de depresión colectiva. Más allá de la crisis financiera que nos ronda y de la indetenible y lacerante inseguridad, es la pérdida de confianza en el liderazgo de la nación la que puede, por sí sola, hacer que el país se vea envuelto en un torbellino de desenlace impronosticable. Cuando la autoridad de un gobierno se menoscaba, surge inevitable la anarquía con su cauda de caóticas consecuencias. Eso es lo que Enrique Peña Nieto, como presidente de México, debe evitar que suceda. Para hacerlo tiene dos salidas: la primera es indeseable, pero tentadora para no pocos sectores del gobierno y de la sociedad: consiste en aplicar una política represiva ciega e indiscriminada. La segunda es, por lo contrario, lógica y deseable: reside tan sólo en reconocer los errores y en adoptar medidas efectivas contra la corrupción. Hay, empero, una tercera vía que, de implementarse, estaría condenada al fracaso: apostar a que el tiempo cierre las heridas, y a que la sociedad perdone, justifique u olvide las deshonestidades.

La inseguridad

  En lo que concierne a la inseguridad, Peña Nieto optó por una política de comunicación que enviaba a páginas interiores todo suceso vinculado a la criminalidad. Al eliminar del discurso oficial los hechos delictivos se creó temporalmente la sensación de que, en ese rubro, las cosas iban mejor. Mas al aflorar información que ya no se pudo ocultar -Tlatlaya primero y luego las atrocidades ocurridas en Iguala- aparecieron elementos que hacen suponer que los antiguos métodos extrajudiciales están de nuevo presentes en México. Se tortura y se ejecuta cuando las fuerzas del orden actúan alejadas de la visión crítica de los medios, en marcado contraste con la tolerancia y pasiva actitud que muestran cuando deben hacer frente al vandalismo de anarcos y radicales.

La economía

   Sin confianza en sus gobernantes e intimidados por la delincuencia y por los encargados de luchar contra ella, a los mexicanos sólo nos faltaba sufrir un apretón económico más, adicional a los que ya hemos sufrido en las últimas décadas. Y es el caso, amigo lector, que este nuevo año nos vamos a dar de narices con un horizonte económico harto complicado, con el precio del petróleo en caída libre, con el peso inmerso en un proceso devaluatorio difícil de contener, con un mercado de valores atorado cuando no declinante, y con una subida inminente de intereses a nivel mundial que afectará los pagos de la deuda externa. El panorama, como se ve, en nada se parece al que se nos prometía hace pocos meses, y es diferente al que nos pintaba el discurso post-reformas del oficialismo.

Nuevas estrategias contra el crimen

   Esa desazón generalizada de la ciudadanía explica el desplome en las encuestas de Enrique Peña Nieto y echa gasolina al fuego de los acelerados que demandan su renuncia. La solución, como es obvio, no es esa. Lo procedente es hacer un reparto justo de culpas, y endilgarle al mandatario sólo aquellas que en forma directa le corresponden. Cierto que la inseguridad y la proliferación de los cárteles del crimen existían antes de que el mexiquense llegara a Los Pinos; no obstante ello, debe exigírsele, primero, información oportuna y veraz; segundo, rechazo contundente a la doctrina nixoniana contra las drogas, aunado a la adopción de una política, propia de México, que conduzca más pronto que tarde a la despenalización, y tercero, la profesionalización de las policías, concepto que incluye salarios y prestaciones de primer mundo. Ser policía, como ser maestro, ha de ser tanto como ser ingeniero, médico o abogado.

Fragilidad extrema

  El naufragio de los indicadores económicos es debido a factores exógenos en los que el margen de maniobra del gobierno mexicano es reducido. El interés de Arabia por bajar el precio del petróleo tiene por objeto sacar de la competencia a países que lo extraen con técnicas nuevas, eficaces pero caras. Lo malo es que si la caída de los precios no para, la reforma energética dejará de tener el atractivo que inicialmente se le supuso y lo que es peor, la producción de Pemex dejará de ser rentable, pues su costo de extracción se acerca al precio actual del hidrocarburo. Por otra parte, la devaluación del peso y la caída de la bolsa es atribuible a la interconexión con otras economías que buscan reacomodarse a nuevos esquemas, si bien no ha de desdeñarse la existencia de movimientos especulativos provocados por capitalistas nacionales inconformes con las reformas de Peña Nieto.

La desconfianza

  Nos queda la desconfianza derivada de los conflictos de interés en que están involucrados el Presidente de la República, su secretario cómplice de Comunicaciones y el secretario de Hacienda. En este rubro si que podría Peña Nieto hacer algo para devolver el ánimo a la gente. No será fácil, pero si quiere detener el derrumbe de su credibilidad debe hablar de frente a su pueblo, reconocer prácticas indebidas -no por habituales aceptables- y  ofrecer una ruta de enmienda comprensible, además de una depuración exhaustiva de los corruptos conocidos. De no hacerlo y dejar que las cosas rueden a su aire, llegará sí a cumplir su mandato… pero llegará muy sólo.