- “…con urgencia y razón, los mexicanos exigen que la ley se cumpla…”: Enrique Peña Nieto
- La realidad del país y el enojo social demandan un ajuste de las prioridades del gobierno
- ANTENA NACIONAL: Cuauhtémoc Cárdenas, un “líder moral” desintonizado con los tiempos
Es ya perfectamente audible el clamor por la transparencia y la rendición de cuentas. Y es que hay dudas más que razonables en torno al uso que la clase gobernante hace del dinero que se le entrega por vía del pago de las obligaciones tributarias que se le imponen a la sociedad. Enrique Peña Nieto, sensible al reclamo, prestó oídos a la exigencia e hizo pública su declaración de bienes, una vez que su esposa había hecho lo propio. El camino ya lo marcó el presidente; veremos ahora cómo actúan los funcionarios de alto rango de los tres órdenes de gobierno, a los que bien les vendría proceder espontáneamente, y no bajo el ultimátum de una ciudadanía harta de los misterios y opacidades que han sido el sello distintivo de un sistema al que urge limpiar y ventilar sus malolientes y obscuros escondrijos. No tiene de otra.
Significativo primer paso
Perdone usted, amable lector, que otra vez reitere un concepto en el que he insistido y que, por lo visto, quienes debieran prestarle atención procuran mirar hacia otro lado cuando el tema se les toca. La cuestión es esta: mientras que las Procuradurías de Justicia permanezcan en la órbita de los Poderes Ejecutivos en torno a los cuales gravitan y de los cuales dependen, nadie va a creer en la veracidad de sus investigaciones y menos, claro, si se trata de certificar la autenticidad de las declaraciones patrimoniales de quienes son sus jefes. Luego del significativo primer paso dado por el presidente, lo que sigue es formalizar a la nueva Fiscalía General de la República, y por supuesto, también a sus similares de las entidades federativas en sus respectivas constituciones, de forma tal que se las dote de autonomía e independencia plenas. De otra suerte, el afán de Peña Nieto por hacerse de la confianza de sus gobernados se volverá a perder tras las tupidas cortinas de humo de la simulación y la mentira.
Explicable confusión
El tiempo irá poniendo en claro que es un despropósito el atribuir a Peña Nieto la responsabilidad directa de lo ocurrido en Iguala. Es verdad -como sostienen los padres de los normalistas desaparecidos- “…que fueron policías los que se los llevaron…”, y de ahí infieren -en un ejercicio de lógica elemental- que el hecho es “…un crimen de Estado…”. A tal conclusión arriban porque -para ellos- un gendarme es la personificación de la autoridad, es decir, del gobierno. Y en deducción automática asumen -no sin parte de razón- que el gobierno es el Estado. En su desesperación, no distinguen órdenes, rangos ni jurisdicciones; lo que si saben -y lo saben bien- es que el Presidente de la República está por encima de todos y que es, por tanto, quien debe devolverles a sus hijos. Así, la figura del mandatario se convierte en el pararrayos en el que se descargan rabias y resentimientos contra un sistema tremendamente injusto que, por décadas, ha sido indiferente ante sus inacabables penurias.
La obra pública, área de impunidades
Para erradicar la corrupción del sector oficial, el presidente Peña Nieto sabe perfectamente bien -al igual que la mayor parte de los ciudadanos de este país- que es en la licitación de los contratos de obra pública donde el escrutinio ha de ser más estricto y riguroso. Por supuesto que no es en la única actividad gubernamental dónde hay que poner coto a las anomalías, pero sí en la que con más frecuencia -por no decir siempre y en todos los niveles- están presentes el tráfico de influencias y los conflictos de interés. Es ahí, repito, en el otorgamiento de contratos de obra, donde priva la impunidad más rampante y dónde ocurre la transferencia delictiva de recursos del erario a manos de quienes debieran administrarlos con honradez. La experiencia reciente debió convencer al mandatario de que hay que acabar de raíz con esa práctica generalizada, si lo que se quiere es, de verdad, iniciar el camino que lleve a los tres niveles de gobierno a ganar la confianza de la sociedad en sus autoridades.
ANTENA NACIONAL
Las limitaciones de Cuauhtémoc
Las luces de Cuauhtémoc Cárdenas nunca fueron muchas. Mas si en el pasado el hecho ya era notorio, en la actualidad no hay día que pase sin que constatemos que se le están apagando con rapidez. Eso no quiere decir que deba negársele reconocimiento por haber desempeñado el papel de símbolo hierático que le asignaron quienes de verdad fueron los autores intelectuales de la Corriente Democrática y luego del Frente Democrático Nacional. Mas a partir de aquella elección de 1988, el michoacano empezó a mostrar su propensión caudillista. Imposible olvidar cómo fue capaz de mantener en vergonzante secrecía su pacto conciliador con Salinas, y cómo después se erigió en dueño único del partido -el PRD- que había nacido, no para deificar su figura, sino para unificar a las siempre dispersas y eternamente conflictuadas izquierdas mexicanas.
Caudillismo trasnochado
Tras el despojo electoral del que fue víctima, se consideró natural que se postulará por segunda vez -1994- como candidato a la Presidencia de la República. Sin embargo, la campaña exhibió a un Cuauhtémoc Cárdenas limitado que fue arrollado por Fernández de Cevallos y por Zedillo en un debate televisado a toda la nación. Consumado el fracaso, lo procedente era ceder el puesto de mando y abrir espacios a los valores emergentes. Pero el tlatoani del sol azteca no lo hizo e, increíblemente, se postuló -2000- por tercera vez, tan sólo para ser otra vez aplastado, ahora por Fox y Labastida. En vez de retirarse a tiempo con honores, el hijo del general insistió torpemente en prolongar su vida en la política activa.
El ejemplo de Lázaro Cárdenas
Cuauhtémoc se ha equivocado. Debió ocupar con dignidad el lugar en el libro de la Historia que la coyuntura política de la época le propició. Pero no lo hizo; ignoró el ejemplo de su padre y no comprendió que su tiempo y su circunstancia habían quedado atrás. Ajeno a la realidad, pretendió que el perredismo lo eligiera por aclamación como líder y redentor del partido. Nadie le hizo caso y, ahora, ofendido por el desprecio, exige la renuncia de Carlos Navarrete, el recién electo presidente nacional del PRD tras la única elección interna limpia de su historia. Lo grave es que, su inoportuno reclamo está siendo aprovechado por los medios para minar aún más a una izquierda mermada y dividida y, además, para desplazar de los canales noticiosos a otros asuntos, que, esos sí, merecen la atención de la sociedad mexicana.
