- Bocetado dejó el presidente Peña Nieto su plan para conducir a México hacia un mejor destino
- Indispensable cambio de mentalidad para asumir colectivamente las posibilidades de crecimiento
- Revaluar paulatinamente el salario mínimo, fórmula idónea para atenuar la desigualdad
En tanto ciudadano que soy de esta República, deseaba que el presidente adelantara un apunte del futuro que aguarda al país donde nací, vivo y trabajo. Y sí, si lo hizo. A los que en el mensaje echaron en falta la rendición de cuentas, les recordó que estas últimas están contenidas en el documento de 800 páginas entregado en San Lázaro, y que toca a los diputados someterlo a minucioso escrutinio. Y en fecha posterior, será la Auditoría Superior de la Federación la que revise, audite, y en su caso exija le sean aclaradas las dichas cuentas. En suma, serán los señores diputados y los señores auditores los que constaten si los dineros del erario fueron o no bien aplicados.
A cada poder lo suyo
No es culpa del Poder Ejecutivo que el Legislativo no cumpla con su función fiscalizadora, o -como ocurre en Tlaxcala- la utilice con fines de coerción política y/o chantaje económico. Muchas culpas tiene el Ejecutivo…, pero no esa. Lo que sí es cierto es que la referencia a la corrupción en el mensaje presidencial fue escueta; se mencionó sólo en el apartado de la próxima autónoma e independiente Fiscalía General de la República a la que el Senado no acaba de darle forma, dentro de cuya estructura estará la Fiscalía Anticorrupción. La figura funciona en otros estados y llama la atención que el Congreso de Tlaxcala la ignore en su plan de Reforma Político-Electoral.
Renuncia de privilegios
Ojalá que el discurso del Primer Mandatario sea acicate para que los sectores pudientes del país cobren conciencia de que México tiene ante sí -por fin- la oportunidad de desarrollar sus grandes potencialidades. Ello será posible si esos segmentos conservadores de la sociedad abandonan los cómodos nichos de los viejos privilegios que han obstaculizado la competencia y empobrecido el crecimiento de la Nación. Avénganse pues a las nuevas circunstancias, inviertan lo bien o mal habido que tengan atesorado, súmense al movimiento, y dejen atrás los reclamos por una reforma fiscal que, con toda justicia -Peña Nieto dixit- “…ha hecho pagar más a los que más tienen...”.
Listos para el despegue
No se equivocan quienes dicen que, desde el punto de vista de la real puesta en marcha de los programas de gobierno, el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto Nieto apenas está por iniciarse. Los anuncios hechos el 2 de septiembre pasado permiten suponer que, ahora sí, está por liberarse la inversión pública -reforzada por el crédito externo y el aumento del 10% en la recaudación derivada de la tan criticada Reforma Fiscal- a la que vendrán a agregarse las inversiones privadas de origen nacional y extranjero que se declaren dispuestas a aprovechar los múltiples incentivos que ofrecen las reformas constitucionales aprobadas en el Congreso de la Unión.
Cúmulo de facilidades
Y no aludo tan sólo a grandes emporios; me refiero también a pequeños y medianos emprendedores animados a valerse de las facilidades que, para obtener apoyo crediticio, abrió la Reforma Financiera. Otro elemento que limitaba la concreción de negocios -y por ende de empleos- era la existencia de una legislación desproporcionadamente benigna con el trabajador que con frecuencia dejaba al patrón en total indefensión. Ese impedimento se superó merced a una Reforma Laboral que finalmente niveló la cancha a los factores de la producción, simplificando contratación y despido, y disminuyendo el riesgo excesivo que sistemáticamente ahuyentaba los capitales.
Salario mínimo
Si como se ve estamos en el inicio de un camino que podría con el tiempo llevarnos a un escenario de prosperidad, será necesario ir pensando en medidas que cierren la gigantesca brecha de la desigualdad. En ese orden de ideas, y pese a las muchas voces discrepantes, se debe analizar la mesurada y bien sustentada iniciativa de Miguel Mancera para revisar el salario mínimo. Trátase de un asunto cuya solución no sólo es moralmente exigible sino también económicamente deseable. Y tengo para mí que su propuesta será bien acogida por el gobierno federal, pues vendría a darle un más sólido sustento ético y social a la gesta reformadora de Enrique Peña Nieto.
Inequidad flagrante
Muy lejos está México de dar satisfacción al artículo 123 de la Constitución que establece: “…los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos…”. El texto es letra muerta para 6.4 millones de gentes que perciben un sólo salario mínimo ($67.29 al día) y para los 11.9 millones cuyos ingresos no pasan de dos. Se nos debía caer la cara de vergüenza saber que, el de México, no sólo es el más bajo de todos los salarios de los paises de la OCDE… ¡sino también uno de los más deprimidos de toda América!
Razones de la sin razón
El liberalismo imperante en México utilizó al salario mínimo como mecanismo para la contención de la inflación. Dicho de otro modo: los estrategas del Banco de México consiguieron darnos estabilidad económica a costa de que los trabajadores sufrieran la constante declinación del valor adquisitivo de su salario durante los últimos veinticinco años. Y eso, estimado lector, ni es justo ni es equitativo. No admitamos la falacia de que es la única solución; hay muchos paises que mantienen el equilibrio de sus economías sin castigar los emolumentos de la clase trabajadora. Aquí se logró esa meta, pero a base del sacrificio de la mayoría más depauperada y marginal.
Mitos de la productividad
La estrategia para la competitividad y el desarrollo de México, no puede seguir basándose en sus bajos salarios. Para ganar mercados a China -por ejemplo- no es necesario constreñir el crecimiento del salario de nuestros trabajadores que ya es -y con mucho- inferior al del coloso asiático. Está demostrado que costos laborales artificialmente contenidos no se traducen en mayor productividad; hay incluso estudios que muestran lo contrario. Y si precisamos constancia de lo dicho, concluyo mencionando la precariedad salarial que históricamente sufre Tlaxcala para probar que, ese factor, no incide en la atracción de inversiones ni en la formación de capital de trabajo.
LA FRASE
Para cerrar este ciclo de artículos dedicados a las reformas y al discurso del Primer Mandatario, cito al propio Enrique Peña Nieto cuando aludió al principal desafío que enfrenta México:
“…el cambio más profundo, y quizá el más exigente, es el cambio de actitud y de mentalidad…”
Es verdad. Ya es tiempo de dejar de obsesionarnos con la idea de poner palos en las ruedas del carro sobre el que marcha la Nación, y mejor dediquémonos a ver de que modo le allanamos el camino. Nos conviene a todos… aunque no todos quieran entenderlo.
