• José Vicente Sáiz Tejero
Tiempos de Democracia

 

  • El Pacto por México derrotó la usual aversión de los partidos a la cooperación política
  • El próximo reto: vencer las dificultades de una difícil transición, previa al arribo de los beneficios
  • La izquierda se debate entre un obstruccionismo obcedado… y un oposicionismo constructivo 

   Somos -México y los mexicanos- un país de desconfiados y recelosos. Razones hay de sobra para que lo seamos. Y es que son muchos los batacazos sufridos en nuestra vida como nación independiente. No hace falta recorrerla toda; basta recordar las expectativas fallidas que hemos padecido en, digamos, los últimos ocho periodos presidenciales, desde Díaz Ordaz hasta Calderón, todos los cuales -unos más y otros menos- han estado poblados de desilusiones y fracasos. En ninguno de esos sexenios se supo siquiera plantear, de forma abarcante y totalizadora, la diversidad de problemas que han hecho que México pareciera al mundo un país de un enorme potencial…, pero incomprensible y sin solución viable.

Media centuria de frustraciones

 Mareado estaba México de tanto dar vueltas en torno a sí, sin avanzar un milímetro. Dejar atrás el entrampamiento y tener una hoja de ruta definida en la mano, significa un avance que sería absurdo no reconocer. Ocho sexenios -que equivalen a casi medio siglo- es el tiempo que, en edad adulta, llevo de observar con atención el acontecer de mi país, y es la primera vez que vi -lo digo sin temor a errar- que ideas políticas tan diferentes, y hasta opuestas, se concertaran para lograr un mismo y elevado fin: el progreso de la nación. Se buscaron las coincidencias, y se depuso la confusión enmarañada del discurso partidista. Resultado: un acuerdo general -el Pacto por México- que nos abrió el camino hacia un futuro distinto.

Claridad de futuro

    Consumadas las reformas derivadas del citado documento, y a punto de culminar la aprobación de sus leyes operativas, podemos por fin decir que hemos dejado de ser el país del “ya veremos”. Ahora se tiene la certeza de cual es el punto de destino de México, y cual el derrotero a seguir. Y es que, sólo en canchas de juego bien iluminadas y con reglas claras, es factible recobrar la confianza perdida. En un ambiente donde se sabe qué se puede hacer -y qué no- la inversión acudirá sin reservas. Los espacios de oportunidad están ahí, y dependerá de que el propio gobierno y la iniciativa privada sepan aprovecharlos con honestidad y eficiencia. Es la única vía que veo para enmendar los muchos yerros acumulados.

Transición complicada

    Mas a ese horizonte promisorio no se llega de la noche a la mañana. Las carencias de las mayorías demandan soluciones inmediatas y estas tardan en llegar. El dilema es cómo mitigar esos reclamos en tanto que el México productivo empieza a moverse. Los programas asistenciales hacen su parte, pero la economía remolonea demasiado, inserta como está en un escenario de desaceleración mundial. Ese ínter está siendo paliado con inversión pública; de ahí el aumento de la deuda y por eso la reforma fiscal. El gobierno precisa de tiempo y dinero para librar este periodo crítico de transición. El riesgo es que, con las elecciones encima, la situación se vuelve propicia para la reaparición de los heraldos del catastrofismo. 

El tamaño de la misión

  Al referirse a la fase de implementación de las reformas,  Enrique Peña Nieto dijo que está por comenzar la etapa más compleja del proceso. A las dificultades que el presidente de la República advierte, se suman otros temas lacerantes como la inseguridad en sus diversas manifestaciones, entre las que destaca el secuestro, cuyos indicadores siguen siendo inadmisibles. Por lo demás, nadie en su juicio puede negar que somos un país mayoritariamente de pobres, terriblemente violento, corrupto, abrumadoramente desigual y -en muchos sentidos- dividido. Se entiende pues que la tarea que tiene por delante la administración peñanietista es de dimensiones colosales y demanda de sus integrantes un esfuerzo ímprobo.

Entendimiento con la sociedad

  A lo anterior hay que agregar que el mexiquense, con sus reformas, sacudió muchos intereses, tanto en el ámbito de los gremios sindicales como en el de los empresariales y -ojo por favor, estimado lector-, también en la administración pública y en la política, donde medra un sin número de personajes impresentables. Ignorarlo es desconocer los entresijos del sistema al que el mismo presidente pertenece y del cual surgió. De ahí su valor y mérito, pues esas afectaciones pusieron -y aún ponen- en riesgo su integridad personal y la de su gobierno. El punto al que quiero llegar es este: si los viejos soportes del sistema dejaron de ser confiables, deberá buscar apoyo en la ciudadanía. Pero… ¿podrá convencerla?

Explicar… pero también actuar

   Se entiende que, para lograr ese reconocimiento que hoy se le niega, Peña Nieto tiene que persuadir de la trascendencia de las reformas, y de las perspectivas -reales, no imaginarias- que le plantea a la nación. El mandatario ha de empezar con las minorías pensantes, aquellas con las que se puede hablar y razonar, y que forman opinión a través de los medios de comunicación -prensa escrita y digital- de mayor penetración en los estados. Y como prueba de la existencia del nuevo PRI que tanto se pregona, ninguna mejor para convencer a una sociedad incrédula que disociar drásticamente la imagen presidencial de la que tienen los priístas que hacen vanagloria de la forma unipersonal y despótica con que ejercen el poder.  

Contra el dogmatismo engañoso

  En los próximos días concluirá el trámite parlamentario de la reforma energética, el tema más debatido de los últimos años. Los dogmas históricos de la izquierda radical –a la que hubo de sumarse la moderada para no perder clientela electoral- no se sostienen en la actualidad. Ni México cedió soberanía ni se arrodilló ante el imperialismo. Si los órganos reguladores en manos ciudadanas funcionan, ninguna empresa –nacional o extranjera- burlará nuestras leyes. Ni las gasolinas y el gas, ni los ductos que los transportan, serán monopolio de nadie, y la exploración, extracción y refinación contarán con técnicas y capitales que no tenemos, y que contribuirán a incrementar la productividad de una industria que se acercaba a la quiebra.

Del rentismo bien entendido

   ¿Que la reforma energética es rentista? Sí, sl es rentista, porque para construir la infraestructura que exige el desarrollo se precisan recursos. Sí, si es rentista, porque persigue el propósito de dotar al gobierno de elementos suficientes para que cumpla con una de sus funciones esenciales: redistribuir la riqueza por medio de políticas fiscales con sentido social. Y éste, aunque se olvide, es principio toral de todo ideario que se precie de llamar –y ser- progresista. Se ha hablado mucho del riesgo de regresión política, y es cierto, existe. Mas para resguardarnos de ese peligro, hay que mirar, no hacia este gobierno, sino hacia los partidos que ofrecen como proyecto alternativo que México retroceda a los años cuarentas.

LA FRASE

   Es del escritor alemán Heiner Müller que, con Bertolt Brecht, son las dos cumbres de la dramaturgia germana del siglo XX.

“…la primera forma de la esperanza es el miedo; el primer semblante de lo nuevo, el espanto…”

   Las reformas, amigo lector, harán de México un país diferente; asumamos ya esa realidad irreversible.