- Ante lo que pinta para ser una tragedia anunciada, Adolfo Escobar Jardínez poco hace para evitarla
- En el subsuelo de la capital existe una red a la que urge restituirle la eficiencia con la que operaba
- Incuria e ignorancia causaron el deterioro de los sistemas construidos por Emilio Sánchez Piedras
Azora advertir la lentitud con que la autoridad municipal de la capital del estado toma medidas ante la probabilidad diríase que inminente de una gran inundación. Hace cuarenta años, el gobernador Sánchez Piedras decidió hacer frente a los daños que sufría año con año Tlaxcala, debido a su peculiar configuración oro-hidrográfica, y a la intensidad y frecuencia de las lluvias torrenciales que castigan la entidad en tiempo de aguas. Aquel político de excepción que fue Don Emilio, buscó y obtuvo comprensión y apoyo presupuestal y técnico del gobierno federal para resolver el recurrente problema. Así fue que la extinta Secretaría de Recursos Hidráulicos se abocó al estudio de la cuenca en que se asienta la ciudad.
La capacidad gestora de don Emilio
Con ese estudio, basado en una minuciosa recopilación de los datos pluviométricos históricos del área, ingenieros con especialidad en la materia hidráulica elaboraron un proyecto cuya construcción se materializó durante el primer tercio del mandato de don Emilio. A lo largo del periodo de ejecución de las obras, la población vio entorpecida la circulación en sus calles pero, a cambio de esas molestias que ciertamente se extendieron varios meses, el centro de Tlaxcala quedó a salvo de inundaciones. No son muchos los tlaxcaltecas que, hoy día, saben de la existencia de una red de recolección pluvial en la capital que hay en su subsuelo, calculada y construida para manejar sin dificultad lluvias de intensidad extraordinaria.
La ciudad capital… hace cuarenta años
Lo enteraré, estimado lector, de algunos datos al respecto y, de paso, haremos juntos una breve remembranza de la Tlaxcala de aquel tiempo. En esos años -principios de los setentas- la capital del estado carecía de un sistema que captara el agua de lluvia, no sólo la que caía en el centro, sino también la que escurría por las callejuelas y veredas sin pavimentar que bajaban por las laderas de los lomeríos que circundan la ciudad. La única protección eran las barrancas naturales que rodean la cuenca, en cuya parte más baja se asentó Tlaxcala; cuando la lluvia las rebasaba, el agua -con lodo y piedras mezclada- buscaba su salida natural hacia el río, llevándose por delante todo lo que encontraba a su paso.
Tlaxcala y su relación con la lluvia y el río
El drama se acrecentaba cuando el aguacero se prolongaba y coincidía con una crecida del Zahuapan, de tal manera que el nivel del rio se equiparaba o incluso llegaba a superar al de las calles. El agua de lluvia no encontraba su cauce y se estancaba, inundando casas y edificios del centro. Cito, entre otros, el antiguo Congreso, las oficinas ubicadas en la planta baja del Palacio de Gobierno -v.gr. la Tesorería-, y hasta la Casa de Gobierno, localizada en aquel entonces al final de la calle Lardizábal -dónde hoy está la Casa de las Artesanías-, amén de un sinnúmero de comercios. Documentos, enseres, mercancías e inmuebles, resentían los trastornos causados por las inundaciones; el daño económico era cuantioso.
Ni inundaciones ni contaminación
A esas calamidades -que parecían maldición bíblica por la reiteración con que ocurrían-, a esas calamidades, repito, fue que pusieron fin las obras gestionadas en el gobierno federal por el gobernador Sánchez Piedras. La solución que se dio al problema fue de fondo y -se supuso- de carácter permanente. Simultáneamente, se emprendió también la construcción de un sistema de atarjeas para la captación y conducción -hasta una laguna de oxidación alejada de áreas habitadas- de las aguas negras de la ciudad que, hasta entonces, se arrojaban directamente -sin ningún tratamiento- al Zahuapan. Se trataba de dos sistemas, totalmente separados e independientes, que evitarían las inundaciones y aminorarían la polución del rio.
Y ¡por fin! agua potable entubada para todos
La tercera gran obra -realizada en los mismos años que las dos anteriores- fue la de un nuevo y funcional sistema para el suministro del agua potable, que sustituiría una red obsoleta que sólo servía, parcial e intermitentemente, a unas cuantas zonas del centro de la capital. Por cierto, a su terminación se introdujo por vez primera en Tlaxcala el servicio medido y la obligatoriedad de su pago por parte de los usuarios, batalla de convencimiento que se libró, y acabó ganándose, gracias a la capacidad persuasiva de don Emilio. Quiero insistir en el hecho de que los tres sistemas construidos en esa época funcionaron durante varios años sin dar ningún problema. En seguida le explico, amigo lector, porqué empezaron a darlos.
…pero comenzó el deterioro
Gobiernos de los tres niveles invirtieron en embellecer a la Tlaxcala capital. El pavimento de las calles del casco urbano se levantó y volvió a colocar una y otra vez, algunas veces por necesidad, otras para ocultar bajo tierra instalaciones eléctricas aéreas que afeaban el rostro de la ciudad, y otras -las más- sin otro objetivo que gastarse el dinero público en obras irrelevantes. Por incuria o ignorancia, ese constante trajín fue eliminando de nuestras calles céntricas -y también de las aledañas-, las rejillas interceptoras y coladeras cuya función es transferir el agua de lluvia hacia la red de ductos que la llevan al río. Haber prescindido de buena parte de esos dispositivos explica las inundaciones de los años posteriores.
Reversión simple y barata
He escuchado interpretaciones diversas acerca del problema y de cómo resolverlo. Se habla de inversiones millonarias para construir otro sistema, arguyendo que el anterior es ya insuficiente. No hay tal; los ductos tienen capacidad sobrada; hay uno, el que corre detrás del Palacio, en el que cabría un auto pequeño. Además, lógicamente la configuración de la cuenca no ha variado. La solución es pues más simple y menos onerosa: hay que devolver al sistema las condiciones originales, a fin de que funcione con la eficiencia que lo hizo en el pasado y, eventualmente, construir algunas líneas adicionales que conecten a nuevas áreas conurbadas cuyos escurrimientos pudieran estarse sumando a los del centro.
Atrocidad injustificable
Quienes sólo se inquietan por el tema de las inundaciones soslayan otro de igual o mayor relevancia: la contaminación del Zahuapan por las aguas negras de la capital tlaxcalteca. Como escribí párrafos arriba, Sánchez Piedras construyó un sistema sanitario -separado del referido del agua pluvial- cuyo emisor principal lleva las aguas residuales hasta una laguna de oxidación que las trata y deja aptas para usos agrícolas. Sin embargo, la falta de profesionalización de los operadores municipales les llevó a conectar nuevas descargas pero... ¡a la red pluvial! Por eso, en pleno estiaje, hay tubos que arrojan agua pestilente al río, barbaridad nada fácil de revertir. Pero el espacio se acaba; dejemos ese tema para algún otro artículo.
LA FRASE
Es de Vargas Llosa, condolido por el fracaso de la canarinha:
“…en futbol, como en política, es malo vivir soñando…”
¿No es irrefutable la sentencia del Nobel peruano?
