- Sin leyes que garanticen la libre competencia, el progreso equilibrado es quimera inalcanzable
- Los monopolios concentran la riqueza… y generan poderes políticos metaconstitucionales
- La aplicación de las leyes secundarias revelará la verdadera intencionalidad de los agentes políticos
¿Dónde quedamos nosotros, amigo lector, como usuarios que somos de los servicios de telefonía, internet, televisión y radio, una vez que se promulguen las leyes reglamentarias de Telecomunicaciones? Como usted sabe, el viernes las aprobó el Senado y -previsiblemente- los diputados lo harán mañana mismo. Pero… ¿se concretaron los beneficios que nos fueron ofrecidos, o se diluyeron debido a un tramite chapucero de la normatividad secundaria? ¿seguiremos acaso inermes ante empresas como Televisa, Telmex y Telcel, o bien la nueva ley acabará con la expoliación de que a diario nos hacen víctimas esos voraces monopolios, fiados a la pasividad culposa de los gobiernos que se entregaron a esos multipoderes fácticos.
La lucha contra los monopolios
Y es que, más allá de los vericuetos y tecnicismos del tema complejo de las telecomunicaciones, lo trascendente es saber si el gobierno de Enrique Peña Nieto mantiene el propósito de recuperar los espacios cedidos a esos centros de gran fuerza financiera que devinieron con el tiempo en altanero poder político. Lo planteo en otros términos: de lo que en el fondo se trata es de hacer frente a la existencia de entes monopólicos que, en los hechos, han desfigurado por completo el concepto de la libre competencia, piedra angular del sistema económico vigente en los países de nuestro entorno geo-político, y en el que, a querer o no, estamos inscritos. No le demos vueltas: con monopolios, el progreso equilibrado del país es imposible.
Capitalismo… ¿sin libre competencia?
Estados Unidos, la nación que llevó el sistema capitalista a su forma más evolucionada, asumió -desde fines del siglo antepasado- una premisa central e inamovible: el capitalismo genera prosperidad sólo si el estado se constituye en garante de la libre competencia. A diferencia de lo que acontece en México, en la nación vecina las leyes antimonopolios se respetan y aplican con minuciosidad e inflexible rigor, y las transgresiones se penalizan con ejemplar severidad. Así, la certeza de una cancha nivelada que a nadie otorga ventajas, propició la concurrencia de competidores en número ilimitado. El saldo: la productividad creció exponencialmente y colocó a la economía norteamericana al frente de todas las del orbe.
Capitalismo salvaje
Este no es, para nada, un elogio al capitalismo. Sin embargo, habiendo sido el sistema que sobrevivió en la lucha librada el siglo XX entre el comunismo soviético y el liberalismo de corte capitalista prevalente en el mundo occidental, ha de admitirse que hoy día no existe otra salida que aceptar sus reglas para rescatar del subdesarrollo a los países pobres. Sin opción a elegir, casi toda Latinoamérica -incluyendo México- adoptó al capitalismo, pero con una salvedad típica de nuestro carácter: ignoró su regulación básica. Así fue que anidó en la región el capitalismo salvaje, denominación que se aplica a la versión tropicalizada del sistema con que malos gobiernos permitieron la depredación económica de la riqueza de nuestros pueblos.
Vergonzante sometimiento
El capitalismo, ya se sabe, produce riqueza, sí, pero también desigualdad. Contrariamente a lo que supuso Adam Smith, el fenómeno se centuplica sin leyes eficaces que pongan límites a la voracidad de los monopolistas. Eso ha venido ocurriendo en México a partir del alemanismo, y de manera inmoderada, del salinato a la fecha. Las privatizaciones -oportunas, pero instrumentadas con marcado y vulgar favoritismo- facilitaron la creación de monstruos empresariales de un tamaño tal que, una vez empoderados, sometieron y luego avasallaron a la clase política que les dio vida. En esas estábamos cuando se firmó el Pacto por México, cuyo contenido definió la ruta para que el estado mexicano recobrara las facultades perdidas.
Eliminación de canonjías
Muchos temas incluyó el acuerdo; de entre ellos toca destacar la sorpresiva supresión del trato proteccionista y preferencial del que disfrutaba la empresa televisora dominante -léase Televisa-, la cual debía su hegemonía a la ausencia de una eficaz legislación antimonopolios. Nadie supuso que, un presidente de la República que había llegado al cargo gracias a la promoción de la dicha Televisa, pactara con la oposición reglas para acotar drásticamente sus privilegios, obligándola de paso a compartir con otras empresas de menor tamaño su estructura operativa y hasta sus contenidos. El propósito no quedó en discurso, y se convirtió en mandato constitucional; de nada valieron las soterradas amenazas de los afectados.
Voto de confianza
A partir del Pacto por México, cambió de raíz el concepto que este opinador tenía de Peña Nieto. Su credibilidad -que para mí estaba debajo de cero- subió de pronto muchos enteros, pese a las advertencias de quienes seguían desconfiando del priísta mexiquense. No cantes victoria, aconsejaban; aguarda a que discutan y aprueben la ley secundaria con que operará la reforma de las telecomunicaciones. A las voces que pedían cautela les recordaba que, aunque el riesgo era real -que lo es- el margen para la regresión estaba acotado por los limites fijados en la Carta Magna. No obstante, el que una y otra vez se pospusiera la discusión de la ley activó las alarmas, ante el temor de que se tramara alguna turbia trastada parlamentaria.
¿Es dominante Televisa en la televisión?
La iniciativa aprobada decidió que la preponderancia se analice por sector -y no por servicio-, un concepto tan amplio como difuso que abriría el camino a una interpretación dolosa de la letra de la reforma constitucional. De seguir el Instituto Federal de Telecomunicaciones -Ifetel por sus siglas- esa vía, Televisa se libraría de ser calificada como dominante, pese a que lo es -y abrumadoramente- en los servicios de TV abierta y de paga. ¡Cuidado, señores reguladores! Los mexicanos no son estúpidos. La falta de especificidad de la reforma no les autoriza a tergiversar su espíritu, concebido para proteger los intereses del consumidor, y no los de la empresa monopólica que siempre manejó la ley a su capricho y conveniencia.
¿Y lo son Telmex y Telcel en la telefonía y el Internet?
Similar en el fondo a la de Televisa -si bien más discreta en la forma- ha sido la inconformidad de Telmex y Telcel, los agentes dominantes de la telefonía fija y la móvil. Igual que la televisora, las telefónicas -propiedad de un solo dueño que es, además, el hombre más rico del mundo- interpusieron un amparo para combatir la decisión del Ifetel, que ya había decretado su incuestionable preponderancia, y sólo esperaba conocer los términos de la ley secundaria de la reforma para proceder en consecuencia. En ese impasse estamos, amigo lector, para conocer el desenlace de este asunto de la mayor trascendencia para el país, y que quizá sólo conoceremos cuando las nuevas disposiciones empiecen a aplicarse.
LA FRASE
Es del admirado presidente uruguayo José Mujica, y la cito porque tiene que ver con el Mundial de futbol -el suceso deportivo del momento- y, más en concreto, con los gerifaltes de la Fifa, a los que definió como:
“…una manga de viejos hijos de puta…”
No son pocos los que coincidieron con el dicho de don José.
