- Lo que dijo el presidente Peña Nieto en su visita a Tlaxcala… y lo que de ella cabe inferir
- Hora es esta de aparcar la política para dar paso al futbol, la pasión deportiva mundial del momento
- En unas cuantas semanas, el representativo mexicano nos llevó de la decepción al embeleso
Sin necesidad de fruncir el ceño, sin reconvenir a nadie y sin criticar lo hecho o dejado de hacer por sus antecesores, el presidente Peña Nieto vino a inaugurar una obra carretera, y a anunciar otras más de similar importancia. Con seguridad que no precisa de frases manidas ni manoteos, se mostró como un orador fluido que fácilmente empatiza con quien le oye y le ve. Por lo demás, la diplomática palabra presidencial -y el gesto también- dejaron entrever la existencia de planes y movimientos orientados a distender las relaciones políticas en Tlaxcala, tanto al interior del partido en el poder como con los demás factores que le dan -o le quitan- estabilidad social a la entidad. El mensaje implícito está ahí, para quien sepa leerlo.
De la política al balompié
En estos días en los que se disputa la Copa del Mundo, escribir de política es esfuerzo que tiene probabilidad altísima de ser ignorado, incluso por los habituales de este espacio. El desinterés se acentuó y generalizó durante las etapas en las que el representativo nacional mantuvo viva la esperanza de seguir avanzando en el apasionante torneo mundialista. Y es que la atención de los mexicanos estuvo concentrada en el deporte que es -sin discusión- el más popular del país. Como no soy ajeno a esa afición -si bien admito haber pasado por extensos periodos de desencanto-, dejo el tema de la política por este lunes, para dedicar el artículo a comentar con usted, estimado lector, lo hasta ahora acontecido en la magna justa.
Antecedentes poco prometedores
Comenzaré por lo obvio. Este opinador -como usted y como yo, y como todos los que nos inclinamos a hablar con verdad- estamos gratamente sorprendidos por la brillante labor de una selección mexicana cuyo desempeño en la fase clasificatoria fue francamente penoso. Su pase a Brasil -recordémoslo- fue obra de la casualidad; de no ser por aquella anotación que la ya clasificada escuadra de Estados Unidos marcara en tiempo de compensación a Panamá, este habría sido -y no México- el que completara el representativo del futbol de la Concacaf en el país amazónico. Así pues, nada permitía suponer que jugaría en Brasil con la brillantez y el orden que lo ha hecho.
Apresuramiento e improvisación
Además de la apuntada, había más razones para creer que el equipo estaría pronto de vuelta en México, trayéndose a cuestas, además, una abultada ración de cuero. Las cito: ante la crisis, los capitostes federativos -léase Azcárraga y socios- habían echado mano de un entrenador como Miguel Herrera, un tipo entusiasta, pero sin rango de técnico de primera línea. Jugador en sus años mozos, nunca se distinguió, ni por su manejo de balón ni por su talento. Broncudo en la cancha, lo siguió siendo como entrenador. La improvisación conoció su clímax cuando se decidió vestir con la verde al América; con el equipo de Televisa se le ganó -en repechage- a un grupo de ingenuos neozelandeses. Así se obtuvo el boleto a Brasil.
Temor al ridículo
El rijoso temperamento de Miguel Herrera, y su propensión a la gesticulación simiesca -característica de su estilo de dirigir-, no parecía asegurar que México jugaría con un plan diseñado según las distintas capacidades de sus elementos y ajustado al rival en turno. Lo que se daba por hecho es que el técnico azteca se exaltaría más que todos sus homólogos juntos.Y es que el carácter explosivo y con frecuencia grotesco de Miguel Herrera en nada se semeja a la parsimoniosa y tranquila de entrenadores de reputación internacional, como Vicente del Bosque -España-; Favio Cappello -Rusia-; Cesare Prandelli -Italia- o Roy Hodgson -Inglaterra-, todos los cuales -por cierto- volvieron a sus países derrotados en la primera ronda.
Pesimistas augurios
Con un equipo en reconstrucción, duramente criticado por la prensa especializada, con poco tiempo para hacer pruebas y sin Carlos Vela -el mejor futbolista mexicano en el extranjero- eran pocos los que concedían chance al grupo liderado por el “Piojo” Herrera. Las dudas crecieron cuando puso la capitanía del equipo en manos de un veteranazo como Rafael Márquez, cuya brillante carrera ya hacia tiempo que había iniciado su declive. Además, la mayor parte de los llamados europeos -Andrés Guardado, Héctor Moreno, Héctor Herrera, Giovanni Santos, Diego Reyes y Guillermo Ochoa- no habían tenido continuidad en sus respectivos equipos, ya fuera por lesiones, por cambio de conjunto, o por estar bajos de forma.
Sorpresivo buen arranque
Con la desconfianza de la afición pesándole en la espalda, el cuadro mexicano inició su participación en el certamen ante el conjunto africano de Camerún, al que venció 1-0, pese a la indebida anulación de dos goles legítimos. Se temió que, ante la injusticia, el ánimo del equipo se desplomara, como tantas veces ocurrió en el pasado. Mas el equipo se sobrepuso al mal arbitraje y luchó con tesón hasta alzarse con el triunfo. Fue un logro meritorio. El siguiente partido era contra Brasil, el anfitrión y gran favorito. La lógica apuntaba a que ese pulso se perdería; la expectativa se reducía a que la caída no fuera por goleada. Pero se empató, jugando con el pentacampeón al tú por tú, y con Ochoa constituido en arquero de excepción.
Primera fase… ¡cumplida con nota!
Goleiro sin suerte no es goleiro. Ochoa la tuvo, y contribuyó con su enorme actuación a dar certeza al conjunto. Mas pese a sumar ya cuatro puntos, los octavos de final no estaban asegurados; se requería por lo menos de otro empate. Así se fue al definitorio tercer partido, ahora contra Croacia, equipo que alineaba a tres astros europeos: Mandzukic -Bayern Munich-, Rakitic -Barcelona- y Modric -Real Madrid-. Bastaba un punto ¡pero se obtuvieron tres!, gracias a un contundente 3-1. Destacaron Márquez y Guardado, y Héctor Herrera se reveló como jugador de clase internacional. La satisfacción fue general, y no fue sólo por la victoria sino sobre todo por la calidad y firmeza del futbol desplegado por el equipo azteca.
De la alegría… al acostumbrado desencanto
Llegó el turno de enfrentar a Holanda, una potencia de primer orden. El “Piojo” Herrera implantó un sistema sencillo aunque demasiado rígido, pero funcional y de fácil aplicación. El primer tiempo fue de México; sin goles, pero tuvo cinco o seis llegadas por sólo dos de Holanda. Y al inicio de la segunda parte, la presión azteca culminó con un soberbio gol. Empero, después de la anotación y a lo largo de la última media hora, el equipo se replegó mientras el técnico holandés corregía su táctica. El balón se mantuvo siempre en el área mexicana, sin que nadie acertara a evitarlo, con el riesgo de encajar un gol o de que se marcará un penal. Y pasaron las dos cosas; ahí, amigo lector, dio fin el sueño de llegar al quinto partido.
LA FRASE
Es de Miguel Herrera, y la pronunció unos días después de afirmar que no advertía nada reprobable en el lépero cántico que dedica la porra mexicana a los guardametas adversarios:
“…¡somos a toda madre!…”
No quiero ni pensar la que habría dicho si se hubiera ganado a Holanda. Por desgracia, otra vez nos quedamos en la orilla.
