El lenguaje es el arma más poderosa y más eficaz que el hombre pose, mediante la palabra nos comunicamos con el prójimo, una palabra puede agradar, herir, convencer, estimular, entristecer, instruir, engañar, alabar, criticar o despotricar de la persona a quien fue dirigida.
Por eso quienes la usan públicamente deben tener muchísimo cuidado en saberla usar, el libre albedrío y libertad de expresión no implican hacer escarnio de quienes no están de acuerdo con nuestros pareceres.
Ello mucho dependerá de la educación y preparación académica que cada uno tenga, sin embargo, en Tlaxcala el libertinaje de expresión se refleja en ciertos medios de comunicación por el uso inadecuado que hacen de la palabra.
Algunos personajes autodenominados periodistas o comunicadores sociales, actúan tergiversando hechos o situaciones, para justificar su paga cuando son remunerados.
No dudan en adular a sus adalides para ocultar actos de corrupción haciendo creer a sus oyentes, televidentes o lectores que lo que dicen es la pura verdad.
Pretendiendo hacer más creíbles sus dichos, junto a la palabra adoptan posturas de honestos y transparentes, pero la mentira los traiciona y los vuelve banales y ridículos.
Sus verdades dibujan en su propio rostro las viles mentiras que emergen de su conciencia a través de la palabra, aun cuando se afanan en mantener su profesionalismo.
Si por casualidad cualquier otra persona, que no es quien mantiene o mejor dicho, quien es víctima de sus chantajes y cobros a estos personajes, se cruza en el camino para hacerle algún reclamo o propuesta de cambio de actitud.
Éstos, lejos de entrar en razón y entender fundamentos de hecho y de derecho, no dudan en usar la palabra para denigrarlo en cada oportunidad que tengan, buscando tal vez que el susodicho tenga que acudir a él para someterse a su escrutinio.
En esta lógica se genera una dependencia si por desgracia el aludido es responsable de algún mal acto público y si no lo fuera, le genera o inventa hechos para pretender someterlo.
Los sujetos que adoptan esa noble profesión por imitación o porque existe libertad de expresión, con el objeto de criticar sin fundamento, sin investigar previamente los hechos que critica, resulta siendo nocivo y lo envilece.
A menos que su objetivo no sea otro que solo cumplir su oficio de lacayo de quien le paga para callar o para que lo adule, y por ello lucre sin importarle su conciencia.
Despotricando e inventando malos actos de cualquier otra persona como un medio para atraerlo con el mismo fin, es decir, para sacarle provecho económico.
Estos resultan siendo los peores criminales por ser asesinos de honras y ladrones de la confianza del pueblo que los escucha; falsos paladines de la justicia y del buen proceder.
Quienes actúan así mediante el uso de la palabra, son los verdaderos asaltantes de la conciencia ciudadana, la atacan a mansalva… sin piedad.
La conciencia ciudadana no puede defenderse por sí misma de estos sujetos.
Son mercenarios y chantajistas con el uso de la palabra convertida en información.
Manejan, por sus propios intereses, un doble discurso para sus televidentes, lectores u oyentes.
Manifiestan enfáticamente que no se casan con nadie, que luchan frontalmente contra la corrupción que por supuesto sería saludable si así lo hicieran.
Pero el oficio de estos asalariados es defender lo indefendible con sus comentarios favorables hacia sus patrones y despotrican a diestra y siniestra de quienes no les pagan.
Es obvio que hacen un negocio muy rentable porque engrosan sus cuentas bancarias y billeteras bajo la solapa de publicidad.
¿Dónde está la verdadera prensa y los verdaderos periodistas y comunicadores sociales?
Seguirán permitiendo que sujetos como los descritos copen los espacios noticiosos, sólo por la libertad de expresión y libertad de prensa mediante el uso de la palabra.
Sería saludable para la conciencia social que los periodistas y sus medios no callen los malos y buenos actos de sus autoridades, pero investigando, documentándose, previamente.
Pero también sería bueno que a través de su gremio busquen limpiar su imagen expulsando a ese tipo de sujetos.
A los que se autoproclaman y se arrogan ser fieles defensores de la libertad de expresión y que hacen gala de un paupérrimo lenguaje, destrozando la semántica y sintáctica de nuestro idioma.
Deben entender que estos oscuros paladines no solo denigran la profesión por sus expresiones, sino por el objetivo que tienen es ganar sintonía y audiencia para uso y abuso de la libertad de la palabra.
La utilizan para insultar y mancillar el honor de las personas, la otra cara de la moneda jamás practicada por los falsos periodistas es que desconocen la verdadera honestidad y todos los valores humanos.
Su libertinaje de expresión no les permite advertir la nobleza de la palabra, porque para suerte de ellos nuestra sociedad en la que vivimos es impersonal y nos permite abusar de las libertades.
Tienen la opción de practicar o no practicar los valores como la tolerancia, el respeto a la dignidad de la persona, al derecho ajeno, a los derechos humanos y otros valores fundamentales, que en toda civilización debe tener para vivir en paz.
Ahora en Tlaxcala se practica el libre ejercicio del periodismo, pero como periodistas prácticos con uno o dos años como acompañantes, sin ser capaces de redactar por quienes se abanderan como supuestos defensores de quienes no tienen voz.
Pero tal como lo vemos o escuchamos a diario en los medios de comunicación, la intolerancia llegó a todos lados, está acompañada de falta de estudio y aplicando la cultura del insulto.
De otro lado, con marcadas y honrosas excepciones, algunos periodistas de ciertos medios de comunicación local, no estamos hablando de los falsos periodistas, también se han convertido en muy buenos asalariados al utilizar los espacios de televisión, de la radio y prensa escrita.
Los utilizan para manipular la información, generar intrigas, decir chismes, o no ser propositivos sino enfermizos criticones.
Deberían aplicarse los mecanismos jurídicos existentes para frenar los llamados de odio, insulto y encono que realizan.
No puede ser que los dueños y gerentes de los medios de comunicación sean cómplices convenidos que por exorbitantes prebendas reciban a voceros de chismes, debemos rescatar la ética a través de un ejercicio del periodismo serio, veraz y oportuno.
Desde hace tres años, con el arribo de la nueva administración priista, una nube de agentes del gobierno que se dicen periodistas, ha invadido todas las esferas sociales usurpando a reporteros.
Grabadora, cámara y libreta en mano, estos personajes encubiertos se presentan en ruedas de prensa, conflictos, marchas, plantones y se meten por todas partes, pero tratan de pasar desapercibidos.
Los usurpadores de la pluma existen por todos lados, lo mismo que en el gobierno estatal, federal y sus dependencias, ni se diga en la seguridad y hasta en el sistema educativo, en su mayoría son aviadores.
El efecto al paso del tiempo es que cuando alguien de la política o de la sociedad, sobre todo quienes se inconforman por algo, convocan a ruedas de prensa.
Lo raro es que en cada evento de esta naturaleza llegan entre veinte y treinta periodistas, pero los interesados al revisar al otro día las notas, se dan cuenta del engaño, fueron victimas de espionaje oficial.
El cinismo de esta gente llega a tal grado de impunidad, que son quienes se sientan a desayunar, sin habérselo ganado, se agandallan el café, las galletas y hasta son invitados a las comidas.
El resultado es que tanto políticos, funcionarios, diputados, líderes y la sociedad en su conjunto le ha perdido el valor a sus medios de comunicación.
Por eso las consignas ofensivas como esa de “prensa vendida no somos uno, ni somos cien, prensa vendida cuéntanos bien”.
Por eso las agresiones, por eso el gremio debe de unificarse para sacudirse a estas lacras imitadoras, que no son siquiera capaces de elaborar una mala nota informativa, puro teléfono para orejear.
Algo nunca visto en Tlaxcala pasa en torno a la comunicación y no precisamente a los medios, sino a quienes diariamente se esfuerzan por conseguir la nota, las y los reporteros peligran.
Tal parece que en cada entrevista hay señales de una agresividad y desprecio que nunca antes se había visto en Tlaxcala, la ira y el coraje se vuelca contra reporteros.
Es público y notorio que a la menor provocación, la respuesta es agresiva, para intimidar y que sirva de ejemplo para que no se le cuestione, pero no es tan bravo el león como lo pintan.
El mal ejemplo cunde, pero ya son muchos los casos en que esa intolerancia se ha vuelto violencia, son otros los actores, pero el ejemplo de agresividad y violencia verbal ha pasado de las palabras a los hechos.
Ni en los peores momentos entre la relación de prensa-Estado, desde tiempos de la intolerante Beatriz Paredes, pasando por el perredista Alfonso Sánchez Anaya o el porrismo del panista Héctor Ortiz se habían agredido a los reporteros.
Pero todo tiene una explicación, en principio habría que analizar los tipos de medios de comunicación que sobreviven en Tlaxcala, los hay, en su mayoría, sometidos al imperio del poder, vía jugosos convenios de publicidad.
En este sentido, primero están los consentidos y amigos del mero mero, luego los incondicionales del jefe de prensa en turno, ahí está el detalle, no se transparentan los recursos que se gastan del erario estatal, para quedar bien con unos cuantos.
De esta forma, se ahorran un dineral, que nunca se sabe a dónde va a parar, ni menos los entes fiscalizadores no se les ha ocurrido que se exhiban facturas y se justifique la contratación de publicidad.
La verdad es que es una gigantesca complicidad, por eso en la pasada contienda electoral se registraron más de diez mil candidatos, el dinero fácil y mal habido es la zanahoria, el chiste es subir y bajar en los cargos.
A quien se dice el coordinador de los esfuerzos de todos los tlaxcaltecas le han puesto espejitos, desde ahí ve lo que le quieren enseñar, que todo está bien y que en Tlaxcala no pasa nada.
Por eso no se cubren las giras, para que no se publiquen las mentadas e inconformidades, mandan e informan lo que se les viene en gana, el mensaje político no llega.
Es triste observar que en los medios amigos dé, solo se publican las giras, las salidas a otros estados que en nada benefician a los tlaxcaltecas y si nos cuesta mucho dinero.
Es la nueva forma de hacer comunicación en Tlaxcala, lo bueno es que ya les quedan menos de tres años y restando cada hora, minuto y segundo.
Pero al insistir en el reparto del dinero de la publicidad, no pasa lo que en Puebla, que los medios deben de justificar su existencia mediante la certificación, para evitar simulaciones.
Porque la contratación de la publicidad oficial no debe de ser encaminada para beneficiar a los amigos o incondicionales, que solo alaban y nunca dicen la verdad de lo que está pasando.
Los simuladores que solo colocan uno o dos ejemplares en los puestos de periódico, para que los vean, son algunas de las lacras que medran con los recursos, en otros casos imprimen en computadora para justificar el ingreso.
Esto pasa en todos los ambientes, en radio, prensa, televisión y ahora con los portales se facilita la incursión de periodistas, con una mínima inversión ya se dicen reporteros.
Para evitar esa usurpación de funciones, es necesario que el gobierno obligue a sus agentes para que se identifiquen plenamente, porque esa gente porta cámara, grabadora y libreta y son los primeros que se cuelan en los conflictos.
Esta situación se ha repetido diariamente, desde el cambio de gobierno, por eso la sociedad tlaxcalteca se ha vuelto desconfiada y violenta y en parte hay razón para desconfiar, confían y los traicionan.
Ahora con las reformas aprobadas por el presidente Peña Nieto ojalá y se obligue a transparentar los recursos, se descubriría que gran parte de esos más de un centenar de medios de comunicación que ya existen en Tlaxcala, son hijos del mismo palo.
Es decir, han sido patrocinados por los propios comunicadores oficiales, con tal de darle más en la madre al periodismo tlaxcalteca que ahora cuenta con un enorme reto… REVIVIR DE SUS CENIZAS.
