• Pedro Morales
Ánimo y adelante, hay que darle capotazos al destino

En la década de los 90´, un grupo de periodistas tlaxcaltecas iniciaba una gran aventura, la creación de un diario local que fuera una oferta para los lectores, ahí se forjaron varias plumas.

Estaban recién salidos de la Universidad del Altiplano, recordamos a Sergio Enrique Díaz Diaz, a Carlos Villanueva, a Guadalupe de La Luz de Gante, Ramón nava Flores, Francisco Javier Conde Gutiérrez y Fabián Robles Medrano, entre otros.

La meta era crear un diario, El Universal fijó su mirada en Tlaxcala y se logró la meta con el empuje y la participación de estos nacientes periodistas, que al paso del tiempo han madurado, como los mejores vinos.

Fabián Robles Medrano le tomó el gusto a la tinta y al papel, siempre con entusiasmo y pundonor, le gustaba ganarse las notas, lo recordamos muy serio y responsable.

Fue una bella época, de sustos, emociones y de aprendizaje constante, gracias a las exigencias de nuestro editor en jefe Roberto Rock Lechón y la verdad se realizó un trabajo digno de recordarse.

Este grupo de reporteros, de la nueva generación y de la primera comalada de universitarios, aprendieron sobre la marcha en diversas trincheras, sin importar los desvelos.

Se recuerda el surgimiento del Movimiento de Bases Magisteriales, cuando lograron mediante la instalación de un campamento permanente en el zócalo arrancarle al gobierno valiosas prestaciones, noventa días de aguinaldo, entre otras.

Eran días de estar al pendiente, de las movilizaciones y fueron varias las noches que los reporteros hicimos guardia, nadie sabía que pasaría, se hablaba de desalojo y había tensión.

Fabián no ocultaba su gusto por la tauromaquia, en varias ocasiones se vistió de luces, incluso para conseguir recursos para la premiación de los concursos de la Unión de periodistas de Tlaxcala.

Eran tiempo difíciles para la profesión, en ese entonces resulta que retuvieron en San Francisco Tetlanhocan al ex secretario de educación, Jorge Siles Ruiz.

Y allá vamos, con nuestro pecho sano a querer ganar la nota, el viaje en su bochito se hizo eterno, llamaba la atención que había muchos montones de piedras, en cuanto arribamos comenzaron a repicar las campanas, la situación era tensa.

Decidimos rodear la iglesia, para quedar con ventaja para salir, por las dudas, pero la sorpresa al doblar una calle fue mayúscula, la calle estaba llena de sujetos amenazantes.

Todos portaban enormes garrotes, que nos parecían vigas, nos bajaron del vehículo, exigieron identificaciones y nos llevaron caminando hasta una escuela, en el interior estaba el funcionario.

Tras dialogar con ellos, al final de cuentas nos permitieron hablar con el funcionario que en paz descanse, estaba bien, luego nos calmaron, con café y una torta con rajas y papas que nos cayó de perlas.

Luego quedamos mjy amigos y nos permitieron retirarnos, esta es una de las miles de historias que se atesoran en la mente y la experiencia de quien se dedica a esta profesión, la adrenalina se dispara en un segundo.

Vino la recesión del 95, varias plazas fueron cerradas por el diario e irremediablemente cada quien tomó diferentes rumbos, Fabián estuvo al frente de la Jornada de Oriente.

Ha escrito libros, su entusiasmo no baja, lo vamos a extrañar todas las mañanas, sus comentarios agudos, hasta donde la empresa lo permite han normado criterios.

Esperamos un pronto retorno a estas lides del periodismo que en cada una de sus trincheras, fabián ha demostrado su profesionalismo.

Gabriel García Márquez definió a esta profesión como “El mejor oficio del mundo”, en su discurso ante la 52ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa, recordamos parte de sus palabras:

A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: “Los periodistas no son artistas”.

Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario.

Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo.

Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes.

Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto.

Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo.

El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada.

No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción.

Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana.

Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de los mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran.

El periódico cabía entonces en tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. El cargo más desvalido era el de reportero, que tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos.

El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años -siendo el peor estudiante de derecho- empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.

La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla.

La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo... como nosotros mismos lo llamábamos. Alberto Lleras Camargo, que fue periodista siempre y dos veces presidente de Colombia, no era ni siquiera bachiller.

La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar.

Aun a riesgo de ser demasiado anecdótico, creo que hay otro gran culpable en este drama: la grabadora.

Antes de que ésta se inventara, el oficio se hacía bien con tres recursos de trabajo que en realidad eran uno sólo: la libreta de notas, una ética a toda prueba, y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que nos decían.

El manejo profesional y ético de la grabadora está por inventar.

Alguien tendría que enseñarles a los colegas jóvenes que la casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes del oficio.

La grabadora oye pero no escucha, repite -como un loro digital- pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral.

Para la radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente (…)

El periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad.

Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida.

Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso.

Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre.

Pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente… Ánimo Fabián